La Rioja

EL CRISTO DE ORRICO

Con el boato y la parafernalia propia del caso, el pasado día 19 se inauguró la capilla de la residencia de Santa Teresa Jornet de Logroño, de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Ofició el acto el obispo de la diócesis, contando con la presencia, en un recinto hasta los topes, del escultor César Orrico, autor del Cristo que enseñorea el retablo; su pareja, la también artista Ana Moya, becaria de la Fundación Antonio Gala y paisana de Joaquín Sabina; y Enrique Martínez Glera, su marchante riojano, galerista y doctor en Arte.

Asistí a tan pomposo acto invitado por del escultor -a quien no conocía en persona, sí a través de las redes- quien, durante el espléndido bufé que sirvieron tras la inauguración y durante la paseata por Logroño, me contó que el Cristo estaba hecho de madera de cerezo viejo. (¿Quizá proveniente del cacereño Valle del Jerte, portento de la naturaleza en flor y fruto, tierra natal de su madre?). Obra que abordó como un encargo más, pero que cuando se centró en el rostro le asediaron tribulaciones, misticismos, reconcomios, teniendo que recurrir al consejo de su compañera (cherchez la femme). Lo que fue recio y grueso vaso de savia a la intemperie pasó a tronco para tallar y pulir en el estudio, para acabar siendo trasunto de peticiones y esperanzas en la capilla y, andando el tiempo, cuando ni usted ni yo, amigo lector, estemos vivos, será pasto de la carcoma, metáfora de nuestra propia muerte.

Un Cristo bello, macizo, viril, no emaciado; figura que, en pie y en otro contexto, cualquier muchacha desparpajada de nuestros días hubiera dicho: «Un tío bueno». Pero ya está colgado, expuesto a la devoción de los ancianos desamparados. Y si los píos han de rezarlo, quienes estén interesados por el arte han de ir a verlo, porque es una gran pieza escultórica, con detalles técnicos (anclaje, etc.) para entendidos.

Nuestro artista, nacido en Logroño en 1984, tras haber estudiado Bachillerato Artístico en la Escuela de Artes y Oficios de Logroño marchó a licenciarse en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, especialidad Escultura, para, con posterioridad, realizar el máster oficial de posgrado en Arte, Creación e Investigación, que finalizó con matrícula de honor.

De él dicen que ha demostrado por medio mundo «sus virtudes como creador más allá de los cánones convencionales del arte». Su obra se interesa por la investigación y las interrelaciones entre formas y espacios, «desde una mística creativa que se revela en el adn de la biología, en el carácter y en los impulsos». Ha disfrutado importantes becas, entre otras la de Iniciación a la Investigación UCM 2007-2008 y la de la Fundación Antonio Gala. Es autor de minotauros y bacos sui generis, y ha realizado estudios anatómicos espeluznantemente realistas, preciosos y precisos.

Quien quiera admirar sus obras, Internet exhibe varias, la galería Martínez Glera custodia algunas, los departamentos de Escultura y Dibujo de la Facultad de Bellas Artes de Madrid ( Patrimonio y Fondo Artístico de la UCM) atesoran otras y en varios países también las gozan.

No sé cuándo volveré a hablar con Orrico. Vive en Madrid, está cargado de trabajo y viene poco por Logroño. Sin embargo, sospecho que cuando regrese quizá me diga lo mismo que, años ha, un tanto abrumado, hiciera mi entrañable Miguel Ángel Sáinz , a propósito del Cristo que modeló para a iglesia de Aldeanueva de Ebro: «Alberto, que me dicen que mi Cristo hace milagros».

No estaría de más que nuestros políticos, que ordenan adornar calles, plazas y estancias oficiales con piezas de artistas nacidos en esta tierra, nos deleitasen los paseos o hiciesen más livianos los trámites administrativos con obras de este joven que ahora está a punto de cumplir la edad de Cristo y, pese a sentirse riojano hasta las cachas, ha tenido que irse fuera para abrirse camino e ir progresando. Sería una buena forma de que los contribuyentes aprendiésemos a diferenciar el grano de la paja.

Y conste que mi fascinación por su obra no viene mediatizada por haber contribuido a que su madre, a quien no había vuelto a ver desde hace tantos años como ahora tiene el hijo, llevase un buen embarazo; es decir, a haber cuidado del artista cuando estaba intraútero.