La Rioja

EL VERDUGO

El entierro de Pablo Escobar se recuerda entre otras cosas porque la muchedumbre que irrumpió en el cementerio de los Jardines de Montesacro para despedir al 'patrón' se equivocó de ataúd y, tras romper en un delirio los cristales del velatorio, se llevaron en volandas el féretro de otro narco. Alzaron el ataúd para que los pobres de Medellín le dieran un último adiós al capo, pero los miles de vecinos que gritaban y lloraban por Escobar delante de aquella caja jaleaban en realidad el cadáver baleado de su guardaespaldas Álvaro de Jesús Agudelo -alias 'El Limón'- quien le hizo aquella tarde último servicio al jefe. Puro realismo mágico.

Ese disparate fúnebre fue bastante parecido al del funeral de Fidel Castro, porque los cubanos que desfilaban obedientemente por la plaza de la Revolución para despedirse del Comandante se encontraban que al entrar por fin al Memorial José Martí no había allí cuerpo ni ataúd ni urna ni cenizas. «¿Pero dónde está Fidel?», preguntaban los cubanos con la cabeza caliente cuando, tras horas guardando fila bajo el sol, descubrían solamente una foto de Fidel en blanco y negro. La muerte siempre despierta preguntas, pero algunos funerales muchas más.

El funeral de Fidel Castro fue sólo uno de los muchos velatorios ilustres de este 2016, que ha sido un año homicida. Han ido cayendo las hojas del calendario como cuchillas de una guillotina inapelable: un músico, un gobernante, una actriz, un escritor, un entrenador de fútbol... La lista es extensa y espanta porque a muchos de esos difuntos les teníamos cariño, seguramente debido a que no los conocíamos. El año que se despide parece un guión escrito por George R.R. Martin, autor de 'Juego de Tronos' y famoso mundialmente por la ligereza con la que extermina a los héroes de sus novelas. A mí hay personajes literarios que me ha dado mucha pena que se murieran, te quedas luego toda la tarde melancólico y perdido.

Se termina 2016, que ha sido un verdugo ansioso y hambriento, no como el de Azcona y Berlanga que se cae y se marea mientras le ponen una corbata camino del garrote vil. «Vamos José Luis, vamos... entereza», le dicen los funcionarios en ese juego de espejos en el que el pobre verdugo, como el año que se acaba, es una víctima más.

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