La Rioja

ESPERANDO A CERVANTES

ESPERANDO A CERVANTES

Nada ocurre, por dos veces. Vivian Mercier, escritor y crítico irlandés, uno de los mayores expertos en la obra de Samuel Beckett, escribió esto a propósito de 'Esperando a Godot': nada ocurre, dos veces. Y, aunque lo parezca, no pretendía ser una crítica negativa ni mucho menos despectiva, como otras que sí denostaron la exasperante y pretendida inacción de la tragicomedia. Lo de Mercier, además de ser una descripción certera e insuperablemente concisa, sirve como declaración ejemplar del teatro del absurdo y del existencialismo vital que personifican, como nosotros, esos dos vagabundos, Vladimir y Estragón, esperando en mitad de ninguna parte a ese tal Godot que nunca aparecerá. Nada ocurre nunca realmente trascendente, tampoco en la vida real.

Algo parecido sucede con Pedro del Rincón y Diego Cortado aguardando inútilmente en un agujero a ser recibidos por un ser superior para lavar su fama y rehacer su vida. Sí que ocurren algunas cosas interesantes en la versión de 'Rinconete y Cortadillo' de Alberto Conejero para Sexpeare, pero igualmente tratan del sinsentido de la existencia, aunque sea literaria: son aquí dos personajes con un anhelo de justicia inalcanzable que lo único que van a encontrar es el tiempo que les separa de la muerte; apenas un rato entre crítico y nostálgico para reír y llorar, rascarse las pulgas, lamerse las heridas y poco más... Pero algo cojea en esta extremada mezcla humorística y patética, algo no termina de encajar en su doble intención tragicómica y sus drásticos cambios de ritmo y de tono y algo hace que el resultado sea demasiado irregular. Ciertamente, esta tampoco es una crítica negativa, pero yo esperaba más de gente con tanto talento como el autor de 'La piedra oscura' y los Sexvantes: nada ocurre, al menos no dentro de mí, no esta vez.

Madrid, primavera de 1621. Pedro y Diego, los dos hampones ya viejos en que la vida y la miseria han convertido a aquellos jóvenes pícaros cuyo bautismo en el crimen narró Cervantes en 'Rinconete y Cortadillo', llegan a la Corte aprovechando el entierro de Felipe III con la intención de que el nuevo rey les permita publicar una corrección de la novelita ejemplar que, según ellos, ha falseado sus vidas y les ha cargado con demasiado mochuelo por sus delitos de juventud. Enseguida son detenidos por alborotadores y encerrados en una estancia -la del cuadro de las Meninas sin meninas-, donde aguardarán infructuosamente a que alguien aparezca para escucharles. Y así, como para matar el tiempo, van recordando sus aventuras y desventuras desde su encuentro en una venta de Toledo hasta su iniciación en la infame academia de Monipodio, incluyendo, como entremeses de retablillo y títeres de cachiporra con graciosos anacronismos absurdos y satíricos, episodios nada ejemplares, anécdotas chuscas, chanzas, cancioncillas, reproches, anhelos, frustraciones y otros desencuentros... todo aquello que les convirtió en lo que son.

Los personajes son de Cervantes, la intención, de Beckett, el humor, de Sexpeare, y el patetismo de clown triste, de Conejero. Y aunque produce una sensación extraña esta mezcolanza de pasiones sin duda sentidas, pero con un tufillo a compromiso forzado por la efemérides cervantina, desprende sinceridad y compromiso con su oficio de cómicos. Rulo Pardo y Santiago Molero son un magnífico ñaque, dos bufos bululús, faranduleros pobres como ratas, de los que vivían descontentos, caminaban desnudos, dormían vestidos, comían hambrientos y en el invierno, con el frío, no sentían los piojos. Surgiendo de la miseria han alcanzado las más altas cotas de la nada.

Ellos habrían preferido ser personas a ser poema, pero eso es lo que son, eso es lo que somos: personajes de papel mojado en tinta y lágrimas, Rinconillos y Cortadetes esperando al padre, a Cervantes o quien sea, para ajustar cuentas detrás de alguna esquina de la otra vida con la vana esperanza de que sea, si no la gloria, sí al menos un poco menos miserable que esta.