La Rioja

MIL PERDONES, MÁS UNO

Con un ligero retraso de varios siglos, el actual papa Francisco le ha concedido anteayer a cualquier párroco la mágica facultad de absolver del pecado del aborto a cualquier cliente. Hasta ahora ese raro privilegio estaba reservado a los obispos, pero este Año Santo de la Misericordia ha repartido el nuevo prodigio. Cualquier tarugo aproximado a los latines podrá diferenciar los pecados capitales de los pecados provinciales, porque ambos han devaluado sus horribles castigos. El Año Santo también está jugando la prórroga y algunos católicos de capirote tendrán que darse prisa, no se les vaya a hacer tarde para la eternidad. El perdón, que es lo único que corrige el pasado, les ha llegado a tiempo a los abortistas, que siempre son dos, aunque sólo uno de ellos transporte el nuevo ser. Es una medida comercial porque al fuego eterno se le está acabando el combustible y cada vez hay menos gente que crea que cualquier pobre ser humano merezca achicharrarse al margen de los calendarios

Habría que preguntarse quién perdona a los que tuvieron asustada y aterrorizada a un tercio de la Humanidad con el variable concepto de 'pecado', convirtiéndolo en delito. Su santidad Francisco tiene tan ancho el corazón que cree que todos pueden caber en él, incluso los descorazonados por tantos camelos históricos. Es una notoria injusticia que aquellos a los que les amargaron la vida tengan el mismo trato después de muertos. ¿Dónde quedan los problemas del señor Montoro y de la señora Sáenz de Santamaría? Estamos en la parcelación del más allá, que se presenta algo más remota que la descuartización de España y, de momento, la vicepresidenta del Gobierno va a tener un despacho oficial en Barcelona. Muchos de los que somos partidarios de tener derecho a decidir, decidimos tener una madre patria. No parece fácil, con tantos padres, que Dios nos perdone, porque sí sabemos lo que estámos haciendo. Y deshaciendo.