La Rioja

Victorino Martín, Premio Nacional de Tauromaquia

En los años 80, Victorino Martín se compró una gabardina inglesa en una tienda elegante de San Sebastián. Aún hacía los tratos a la baja, al quiebro y regateando, como se hacían en el campo. En esos días acababa de estrenar los laureles de ganadero de primera fila. En el 81 había salido por la puerta grande de Las Ventas junto a los tres toreros en lo que se acertó a llamar La Corrida del Siglo y un año después se había perdonado la vida a Belador, el primer y único toro indultado en Madrid, cuando Madrid era Madrid. La tarde de la Corrida del Siglo, que debió de serlo pues aún se llama así, salió en volandas de la masa hacia la explanada fría de la calle de Alcalá vestido con un traje marrón con chaleco. A veces, llegaba a los hoteles con un sombrero de paja y la gente del toro le llamaba con equivocada mala leche, y como si fuera un defecto, «el cateto de Galapagar». Él se reía de aquello con una boca lobuna.

Pronto se dieron cuenta de que se equivocaban: Victorino Martín era y es un hombre de campo con la inteligencia natural de un genio matemático, la visión de un zorro y la afición al toro de un niño. A los 86 años le acaban de dar el Premio Nacional de Tauromaquia. En 1998, en 'El País', Joaquín Vidal ya había titulado «El mejor ganadero del mundo». Digamos que los 30.000 euros y el reconocimiento del Ministerio de Cultura es la rúbrica oficial y solemne a una trayectoria ganadera sin parangón. El jurado, formado por diversas personalidades del mundo del toro y de la cultura, ha fallado el galardón en base a la «excepcional» temporada que ha firmado su ganadería. Aún se escuchan los ecos de las embestidas del indultado 'Cobradiezmos' arrastrando el morro por el albero de Sevilla.

Sin embargo, esta temporada es la guinda de «la incomparable trayectoria de esta ganadería cuyo nombre queda asociado a valores como la emoción, la bravura o el valiosísimo patrimonio ecológico que encierra la tauromaquia».