La Rioja

PERDONAD, ¡PERDONAD SIEMPRE!

Mujeres cristianas rezan en Irak. :: efe
Mujeres cristianas rezan en Irak. :: efe

Hace muy pocos días, y con ocasión del Domund, me referí en este espacio a los cientos de misioneros que se están dejando el pellejo - su tiempo, sus energías, su fama, sus mejores años - en países y entre gentes que, lejos de agradecerles la entrega, van a por ellos, los encarcelan, los mutilan, y con frecuencia los matan. Y citaba a Somalia, Irak, Siria, Nigeria, etc. El título que di al escrito no podía ser otro que 'Jugándose la vida'.

Los misioneros no son unos voluntarios que de forma altruista y admirable dedican sus vacaciones en ayuda de los necesitados del Tercer Mundo. ¡No! Son otra cosa. Se van allí para ofrecerles la verdad y la novedad que encierra el Evangelio de Cristo, se establecen y viven allí, se hacen como ellos, uno de ellos en las maduras y en las duras. De ahí que se jueguen la vida.

Estos días he tenido ocasión de conocer, saludar y escuchar a un cura que es católico copto, que no ha ido al Próximo Oriente desde ningún país del Primer Mundo. ¡Ha nacido allí, es de allí! De un país musulmán con mayoría muy mayoritaria y con presencia católica muy minoritaria. Su testimonio de fortaleza en la fe realmente nos conmovió a los curas riojanos allí presentes. Hablaba con una gran paz, evitando siempre un protagonismo que se veía a las claras que no iba con él. Su palabra, sus gestos, denotaban un cariño inmenso por su gente, por su pueblo, un pueblo que vive unas circunstancias realmente complicadas y difíciles. Oyéndole, no podía por menos que traer a mi memoria los testimonios leídos de tantos cristianos de los primeros tiempos.

Yo no le hice más que una pregunta, y ya fuera del ámbito de la conferencia. Y no era la pregunta que siempre me hago a la hora de hablar o de escribir sobre cualquier asunto que nos relaciona con el mundo musulmán, y que sumariamente sería: ¿no se podría exigir, o al menos pedir, que los seguidores del Islam que viven entre nosotros hagan algún tipo de fuerza a los gobernantes de sus países de origen para que traten a los extranjeros -católicos o no- con la misma dignidad que a ellos, a los suyos, tratamos aquí? Pese a mi interés, no le hice esta pregunta por no poner al buen hombre en un mal compromiso.

Sí le pregunté lo siguiente: ¿Qué les dicen ustedes, los curas, a los muchos jóvenes y niños que han perdido a sus padres a manos del ISIS, o qué les dicen a tantas madres a cuyos hijos les han rebanado el pescuezo los terroristas del DAESH? Y la contestación no fue la que nos pediría el cuerpo a cualquiera de nosotros. No dijo: «Les animamos a la revancha, al ojo por ojo o al diente por diente». ¡No! Tampoco dijo que pusieran una denuncia en el juzgado correspondiente o en el organismo correspondiente, tal que la ONU, el Tribunal de La Haya o de Estrasburgo. ¡No! Les dicen a esas víctimas, y familiares de las víctimas. ¡Perdonad, perdonad siempre!

Nos contó que todos aquellos que fueron decapitados y que tuvimos oportunidad de ver en la televisión, los de los monos anaranjados, todos ellos murieron gritando «Padre, Señor del cielo y de la tierra, no les tengas en cuenta este crimen, perdónales porque no saben lo que hacen». Y algunos de ellos murieron cantando y alabando a Dios.

Estas cosas se cuentan, se dicen, y quedan como muy bonitas. Pero, ¿sería yo capaz de vivirlas así? Y usted, amigo lector, ¿reaccionaría de esta o de otra manera? Yo he aprendido en la Iglesia a perdonar y a pedir perdón. Y creo que lo he hecho a menudo, siempre que ha hecho falta y se ha dado la ocasión. Pero eso de perdonar al que te está poniendo una navaja al cuello para cortártelo, decirle «te perdono», ¿verdad que suena como muy fuerte? Pues lo han hecho, lo hacen y lo seguirán haciendo. Esta es su grandeza. Esta es la grandeza de la Iglesia, real y cierta desde el principio del cristianismo. Y estos cristianos perseguidos nos enorgullecen y nos hacen mejores y más humanos. ¡Qué tremendo es perdonar!