La Rioja

Esperanza y Karl. :: l.r.
Esperanza y Karl. :: l.r.

MEDIO PAN Y UN TEATRO

Con las viejas heridas recién reabiertas, quise destruir el teatro. Empecé robando ese cartel de Marx. Habría querido llevarme a Esperanza Pedreño en carne y hueso -me hace mucha falta la esperanza en cualquiera de los estados de una materia tan esquiva-. Incluso habría raptado a Angélica Liddell y ni siquiera pediría rescate por ella; simplemente para reír, llorar y después cortarnos uno a otro las penas. Pero la otra noche, aprovechando un descuido general, la emprendí con el tío Karl. Y, aunque mal no me van sus relecturas revolucionarias, hoy me envenena más 'Mi relación con la comida'. ¡Qué jodido y necesario salir herido del teatro, huyendo como quien cae en combate! Con todo, le hice prisionero a él y desde entonces lo tengo en el salón redactando con otro póster de Lorca un nuevo manifiesto comicista: Queridos amigos -me han dictado a medias entre humo y tragos amargos-, actores y actrices: en estos momentos de dificultades para los pueblos que sueñan con un mañana más justo y esencialmente humano, serán quizás el arte y el teatro una herramienta eficaz para producir las profundas y colectivas transformaciones anheladas por todos, o tal vez la forma de darle un sentido de belleza, justicia y libertad a nuestros actos.

Un fantasma recorre Europa, lo sé. Y América. Y África. Y el mundo entero. Un ejército de ellos. Y, si por mí fuera, saldría a combatirlo armado hasta los dientes de poesía y de teatro. ¡Un libro y medio pan!, proclama Federico. Aunque por más que representemos Hamlet en la jungla de Calais, seguirán siendo niños Aylan la Ofelia que se ahoga en el Mediterráneo. Y seguirán imponiéndose Trump y los de su ralea por más que en Avignon se politice la escena y se cuestione hasta qué punto puede una sociedad supuestamente civilizada y culta caer en la más absoluta y democrática de las barbaries. Y seguirán millones malviviendo en el genocidio consentido de la miseria por más que una proletaria del teatro se maldiga mientras pasa la gorra en la calle o hace bulto en un espectáculo de chinos en un parque de atracciones. Y seguirán muriendo de hambre los negros llenos de moscas mientras nosotros, impecablemente blancos igual que cucarachas blancas, salgamos al teatro y a cenar una vez por semana como si fuera la misma mierda...

La cultura es un opio burgués, protesta Karl. El teatro, el arte, la poesía... armas cargadas de qué futuro. ¿Qué haré yo entonces con esta espada? pregunta Liddell. Y en 'Mi relación con la comida' -que debería ser primer plato de cualquier programa doble de enseñanza teatral obligatoria- contesta: la poesía como rebelión contra el Estado, el teatro como transgresión, el arte como resistencia anticapitalista: no se combate al poder con un teatro político canónico sino con valor estético y poético.

¡Medio pan y un teatro! Esa es mi relación con la comida. Bien está que todos los hombres coman -añade Lorca-, pero también que todos los hombres sepan... En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el rastro de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan azucenas... Hay que destruir el teatro o vivir en el teatro.

Así que, no me pidan que les cuente más esa obra extraordinaria; solo podría destruirla o recitar a Mestre para cerrar ya esta asamblea del hambre: Queridos compañeros carpinteros y ebanistas, les traigo el saludo solidario de los metafísicos. También para nosotros la situación se ha hecho insostenible. Los afiliados se niegan a seguir pagando cuotas. A partir de este momento la lírica no existe, con el permiso de ustedes la poesía ha decidido dar por terminadas sus funciones este invierno. No lo tomen a mal, pero aún quisiéramos pedirles una cosa, mis viejos camaradas amigos de los árboles, acuérdense de nosotros cuando canten la Internacional.