La Rioja

«Sufrí de lleno la droga del éxito»

Juan Manuel de Prada. «La literatura es casi como una vocación religiosa». ::
Juan Manuel de Prada. «La literatura es casi como una vocación religiosa». :: / DAVID GONZÁLEZ/EFE
  • El autor de 'Mirlo blanco, cisne negro', que hoy presenta en Logroño, se declara «un apestado en los círculos literarios»

  • Juan Manuel de Prada Escritor

Ganó el Planeta con 26 años y se sintió «el centro de la fiesta». Sufrió «la droga del éxito» y, al mismo tiempo, «una hostilidad brutal» que le llevó a convertirse en «un completo apestado en los círculos literarios». Creyó perder la vocación y atravesó un desierto de cinco años sin escribir. Ya repuesto, Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) regresa con 'Mirlo blanco, cisne negro', que hoy presenta en Logroño (Espacio Santos Ochoa, 19.30 h.), «un ajuste de cuentas» consigo mismo y con el mundo editorial.

Asegura que es su libro más sincero. ¿Por qué ha necesitado sincerarse así a estas alturas? ¿Por qué esta «purga del corazón»?

Porque, llegado a esta edad y después de sobrevivir a determinados escollos, puedo contemplar mi trayectoria con cierta serenidad.

Está usted en los dos protagonistas de su novela. ¿Cómo pasó de ser 'mirlo blanco' a 'cisne negro'?

El 'mirlo blanco' es el escritor todavía ingenuo, lleno de entusiasmo, con ansia de darse a conocer a todos y de tener éxito. Y el 'cisne negro' es el escritor escéptico, herido y un poco amargo de la madurez. En mi caso, como nos pasa a todos, hay momentos en la vida en que tus ilusiones se derrumban y aquella vocación de juventud se destruye. Para sobrevivir te tienes que convertir en otra cosa y ese proceso es duro, de cambio de mentalidad, de renegar de muchas de las cosas que te acompañaron. Yo lo viví hace unos ocho años.

¿Qué pasó?

Decidí que tenía que dejar de escribir porque no me lo creía. Cyril Conolly lo llamaba la menopausia del artista: si sigues jugando a ser el sempiterno escritor joven, te conviertes en una caricatura de ti mismo y tienes que decidir si te conviertes en otro escritor, si pasas de velocista a maratoniano. En mi caso hubo cinco años de sequía.

¿Llegó a pensar que era el final?

Sí, porque se dieron unas circunstancias vitales dolorosas. Fue una época de frecuentar tertulias televisivas y no me veía capaz de seguir escribiendo.

¿Hubo libros que quizás habría preferido no escribir?

No tanto. Hay libros que a uno, con el tiempo, le parecen malos. Pero todos corresponden a una coyuntura biográfica y en todos hay esfuerzo. Cualquier escritor que no sea un fantoche tiene que reconocer que tiene libros mejores, peores y regulares.

¿Cuál de los suyos es el peor?

Yo creo que mi peor libro es 'La tempestad', la novela con la que gané el Planeta y la que más éxito me ha dado, lo cual es paradójico y refleja que el éxito no tiene nada que ver con la calidad literaria. Precisamente en 'Mirlo blanco...' el escritor joven ha escrito una parodia de esa novela y me dedico a escarnecerla.

Con ese comienzo satírico, ¿no teme hacerse odiar definitivamente por todos: escritores, editores, lectores... incluso no lectores?

Sería redundante, ya soy odiado por todos.

¿Por qué?

Primero porque aterricé en el mundo literario desde las afueras; gané el Planeta desde Zamora y cuando desembarqué en Madrid tropecé con una hostilidad brutal que se fue agigantando por razones religiosas, ideológicas... Soy un completo apestado en los círculos literarios españoles.

¿Acierta quien le considera facha o hay que matizar, como usted mismo en la novela: «reaccionario, neocón, fascista o católico modosito»?

Esto es denigrar y vituperar por sacar los pies del tiesto. España es un país muy raro: hay escritores considerados progresistas que se codean con magnates de la prensa que esclavizan a sus trabajadores, que se dejan celebrar por fundaciones plutocráticas o son agasajados por instituciones como la RAE o el Cervantes, y, en cambio, se llama facha a un escritor cuyo mayor delito es denunciar el capitalismo salvaje, defender la vida o tener cuatro amigos curas pobres. Este sistema maligno hace que un escritor burgués sea considerado progresista y otro en los márgenes sea un apestado. Pero siempre los auténticos escritores han vivido en los márgenes, como Cervantes.

¿Hasta qué punto es el mundo literario una feria de vanidades?

Lo es porque es muy endogámico, con conductas morbosas y enfermizas. Y ni siquiera triunfando, te enriqueces con ello, salvo excepciones. Al final lo que haces es desarrollar una vanidad monstruosa. La vida literaria así se convierte en una cruel lucha de egos inflados y tumefactos, en un ecosistema depredador.

¿Cuánto participó de esa feria?

Poco, por esa hostilidad. Nunca tuve grandes amistades en el mundillo.

¿Reniega del éxito? Otros matarían por lo que usted tiene.

No reniego, pero considero que el éxito es muy destructor de la vocación artística, que necesita soledad y alejamiento de las vanidades mundanas. Yo sufrí muy de lleno la droga del éxito y me costó salir.

Antes del Planeta ganó aquí el Café Bretón. ¿Qué queda de aquel joven Juan Manuel de Prada?

Mucho. De hecho, un libro de uno de los personajes de esta novela tiene el mismo título que el trabajo con el que gané el Bretón, 'El arte de pasar hambre', y lo recuerdo con mucho cariño. Armando Buscarini [en el que estaba inspirado] siempre fue como mi ángel de la guarda.

¿Fue Umbral su Octavio Saldaña [el escritor veterano que en la novela fascina y maltrata al joven]?

Sí. Nuestra relación empezó siendo muy intensa y deslumbrante. Él fue muy generoso conmigo; reseñó mi primer libro, presentó el segundo... Pero luego se enturbió y terminó como el rosario de la aurora. Nos enemistamos y ya fue para siempre, porque él murió. Hoy lo lamento mucho. Fue muy feroz conmigo pero reconozco que era un escritor extraordinario, uno de los más grandes del siglo XX en España.

Deme una razón para volver a leer a Henry James, al que su novela hace un secreto homenaje.

Fue el primero que entendió que una narración en primera persona puede ser una gran mentira, un descargo de conciencia. James nos enseñó que el punto de vista es fundamental y que no siempre debemos creer al narrador.

La literatura no es el negocio literario y sus saraos. ¿Qué es para Juan Manuel de Prada?

Para quien tiene la vocación es una exigencia vital que te obliga a encomendar todo a esa quimera o realidad que persigues. Es casi como una vocación sacerdotal. Y para toda persona con sensibilidad es también una necesidad espiritual. Los seres humanos no podemos vivir sin dar sustento al espíritu. Necesitamos una dosis de belleza que nos ayude a combatir la fealdad de la vida. El arte es lo que nos puede permitir ser optimistas en medio de la debacle.

¿Usted lo es?

En esta época de optimismo desesperado yo soy un pesimista esperanzado. Contemplo la realidad con tristeza, pero creo que debajo aún palpita la esperanza.