La Rioja

INTRUSAS

He aquí una comparación odiosa, ¿no lo son todas? Borges es Mohamed Alí, flota como una mariposa y pica como una avispa. Sus cuentos, un nocaut en el primer round. En 'La intrusa', apenas deja el rincón, baila brevemente por el ring para disponer el terreno, cruza unos golpes de tanteo y súbitamente te pasaporta a la lona con su combinación letal: gancho al hígado y directo al rostro. Esos hermanos que cuenta, esos Nilsen calaveras de arrabal pampeño, parientes de Caín que preferían desahogarse con ajenos, con Juliana Burgos en el caso que nos trae, después de hacerle lo que le hicieron, se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla. Fin. Lo dicho, K.O. técnico a las primeras de cambio.

'Las hermanas Rivas', una comedia negra de la argentino-madrileña Doble Sentido inspirada en aquel relato salvaje del autor de 'El Aleph', es en cambio un combate a doce asaltos y resultado nulo. Dolores y Angustias Rivas -sin nada siquiera insinuado que justifique nombres propios de sufrir más de lo que ellas sufren- están tan unidas como Cristián y Eduardo Nilsen -de quienes sí leemos que Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos-. Como ellos, las Rivas son tan solitarias y celosas de su intimidad fraternal y, como ellos, ven su rutina alterada por la discordia de una intrusión de la que también son responsables. El intruso aquí es un hombre, el Potro Estrella, un paquete de pugilismo regional sin mala intención, ni tampoco buena, que Angustias mete en casa una noche de farra y que pronto comparte con Dolo. Carne y poco más.

A diferencia de la Juliana -una esclava, una mercancía de ida y vuelta, una simple cosa-, el Potro accede de buen grado y se le ve en el triángulo más feliz incluso que en el cuadrilátero. Posiblemente la geometría tampoco sea lo suyo. El arreglo -el de los Nilsen- anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Tampoco el de las Rivas, que tácitamente deciden resolver por la vía rápida una ecuación que se les escapa. Su crimen al fin resulta cómico frente al atroz crimen que entierran Cristián y Eduardo:

-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con su pilchas, ya no hará más perjuicios.

Después de ese mazazo, ahí tirado, solo puedes oír la cuenta hasta diez. Pero del teatro sales sin un rasguño. La pieza de Adriana Roffi y Mariano Rochman, modesta pero digna, se salva solo si se compara con esas otras comedias domésticas al uso sobre parejas burguesas que entran y salen de crisis propias y ajenas como quien cambia de culebrón. Es también doméstica, pero al menos fronteriza y salvaje. Lástima que termine en farsa y no en tragedia su punto de locura.

En ella se cifra, si Alí no nos engaña, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos.