La Rioja

EL QUE NO ESTÁ CONMIGO

  • «Hay que dar a cada particular el derecho a razonar y a discrepar, aportando y manteniendo sus razones, que nunca han de ser interesadas, superficiales y mucho menos populistas»

Si yo pregunto de dónde está tomada esta frase, todo el mundo sabrá quién fue el que la dijo. ¿Verdad que suena como muy dura? No voy a entrar en la exégesis de la expresión; ni es el lugar adecuado ni muchos de mis lectores estarán por la labor. Sí, la traigo a colación lisa y llanamente porque esto, sin decirlo, o diciéndolo, es lo que están haciendo la mayoría de nuestros políticos, todos, guiados y llevados, no por los argumentos que les presta su razón y su preparación, sino por los dictados de sus partidos a los que siguen a pies juntillas.

«El que se mueva, no sale en la foto», dijo alguien hace ya muchos años, en un aviso destinado a quienes sentían la tentación de discrepar dentro del partido, siempre herméticamente cerrado, y con el riesgo inmediato de verse en la calle y con los mocos colgando. Y así fue: muchos se movieron y ya no salieron más en la foto. Lo que dice el partido es dogma de fe, 'va a misa', llevar la contraria es impensable y disentir es una auténtica herejía. Para que luego nos tachen a algunos de los que seguimos libremente las verdades de una confesión religiosa concreta de "intolerantes, fanáticos, sectarios e intransigentes". Esto - que ha sucedido en todos los partidos y que sigue sucediendo - resulta muy, pero que muy preocupante. Ni han aprendido ni han mejorado.

Dice el sentido común -y también la doctrina expresada por la Iglesia- que si en un partido prima el realismo, la altura de miras, la vocación de servicio al pueblo, el amor a la verdad y el patriotismo bueno que lo hay, la disciplina de voto no tendría por qué entrar en colisión con la conciencia particular de cada uno. Sin embargo, cuando se trata de proteger y desarrollar derechos fundamentales del hombre, como el derecho a la vida, a la libertad religiosa, el derecho de pensamiento, de expresión, de asociación, a vivir en familia, a vivir en paz, la presunción de inocencia, y en general el derecho a hacer lo que no perjudique a otros, y no hay acuerdo posible, nunca puede imponerse la disciplina de partido, por más que se haya generalizado esta penosa costumbre. Hay que dar a cada particular el derecho a razonar y a discrepar, aportando y manteniendo sus razones, que nunca han de ser interesadas, superficiales y mucho menos populistas. Esto sería lo correcto.

¿Qué pasa en realidad? Que los partidos, con su marchamo realmente dictatorial, ni comen ni dejan comer. Se están cargando nuestra endeble democracia, y eso a pesar de que esta mágica palabra no se les cae de la boca ni bajo el agua.

Cómo se enriquecería nuestro sistema de educación, si los políticos se pusieran mínimamente de acuerdo en algunas ideas elementales, en algunos proyectos básicos, en algunos planes mínimos. Y la sanidad, la lucha contra la corrupción.

Y el drama del paro. Y tantas y tantas necesidades gordas, acuciantes, tremendas que padece nuestro pobre y sufrido pueblo.

Muchos políticos en su terquedad y miopía han conseguido que aborrezcamos algo tan democrático como las elecciones. Que aborrezcamos algo tan natural como las diferencias regionales. Han conseguido que muchos españoles tengan miedo a manifestar libremente sus gustos religiosos, tachados de no políticamente correctos, así como muchas de sus tradiciones. Hay gente que tiene miedo a decir lo que piensa sobre el matrimonio, la familia, la vida porque determinados lobbys les hacen la vida imposible.

Dentro de muy pocos días nos vamos a ver los españoles abocados a una situación realmente grave, tan grave que el futuro de nuestros hijos entrará en un túnel a cuyo final no va a haber precisamente besos y abrazos. Nos estamos jugando el modelo social que pretendemos y queremos. Y esto tan serio es una asignatura pendiente que nuestros políticos están empeñados en que siga siendo eso, una asignatura pendiente. Y todo porque viven a muerte aquello de que «el que no está conmigo está contra mí». No quieren una sociedad libre, plural, rica en valores de verdad. Quieren una sociedad que sea «su sociedad», la concebida por su partido.

Termino ya. Siempre que reflexiono sobre estos temas algo me remueve por dentro. Veo que entre mi gente hay padres y madres, profesores, periodistas, intelectuales, santos de verdad (sí, santos), hombres y mujeres, que pueden aportar mucho para mejorar lo que hay, o al menos que no se pierda lo bueno que queda. Pido, en suma, a los políticos profesionales que sumen, que den buen ejemplo de unidad ciudadana, que piensen en la gente, no en su gente, sino en todos.