La Rioja

El genio táctil y sensual de Renoir

'Ninfa junto a un arroyo', uno de los desnudos expuestos. :: AFP
'Ninfa junto a un arroyo', uno de los desnudos expuestos. :: AFP
  • Reúne casi 80 obras que revelan el poliédrico perfil de un creador vital empeñado en pasear por sus paisajes y acariciar a sus modelos

  • El Thyssen recorre la variada trayectoria del pintor francés más allá de su década impresionista, que lo etiquetó y limitó

Madrid. A Renoir le gustaba «pasear» por los paisajes pintados y quería «acariciar» a sus modelos. Lejos de ser un pintor puramente óptico, como Monet, ponía en su pintura los cinco sentidos. En especial, el tacto, a través del cual se aproximaba a los demás, a los objetos y a los paisajes. Y a ese genio táctil, vital, sencillo y voluptuoso recurre Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza, para articular la exposición 'Renoir: intimidad', de la que es comisario. Descubre a «los otros» Renoir yendo más allá de la prodigiosa década impresionista que etiqueta y limita a un genio que fundió la pintura con la vida.

Es la primera retrospectiva en España sobre Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) y coincide con la que ofrece la Fundación Mapfre en Barcelona, centrada en su visión de la mujer. Muestra a través de 78 pinturas que Renoir fue mucho más que aquel impresionista fugaz e incomprendido. «Militó en el impresionismo durante una década, de 1869 a 1879, pero no dejó de pintar hasta su muerte. Su enorme producción de los 40 años siguientes es la prueba de la potencia y la variedad de su genio», explica Solana.

Destaca el papel central que ocupan las sensaciones táctiles en los lienzos del pintor frente a la visión que reduce su obra a la «pura visualidad» impresionista. Una seducción por lo táctil que se percibe en sus escenas de grupo, retratos y desnudos, naturalezas muertas y paisajes.

«Miraba las flores, las mujeres, las nubes del cielo como otros hombres tocan y acarician», escribió el cineasta Jean Renoir, hijo del pintor. «La clave de su genio es la enorme empatía que sentía por el modelo, su intimidad con él», precisó el cineasta, brindando el título de una muestra que celebra la alegría de vivir y la sensualidad de un genio optimista cuya pintura destila «calidez, empatía, proximidad y ternura», según Solana.

Las casi 80 pinturas del poliédrico artista francés, muchas inéditas en España, proceden de grandes museos y colecciones de todo el mundo. Ordenadas en seis apartados, descubren «cómo Renoir se servía del volumen, de materias y texturas como vehículo para plasmar la intimidad en sus diversas formas -amistosa, familiar o erótica-, y cómo ese imaginario vincula obra y espectador con la sensualidad de la pincelada y la superficie pictórica», explica el comisario.

«Los modelos de Renoir se tocan entre sí, se miran y empatizan con el espectador, como lo hicieron antes con el pintor. La textura de las telas, de las muselinas al terciopelo, el pelaje de los animales o las cabelleras femeninas, todo en Renior acentúa y trasmite esa sensación táctil», dice el comisario de la muestra, que estará en cartel hasta el 22 de enero.

Rafael e Ingres

Cuando pasa la página del impresionismo Renoir se mira en el espejo de Rafael y de Ingres. Estudia el dibujo de estos maestros y se pone a prueba explorando nuevos caminos. «No hay pintor menos conformista que él. Prueba cosas nuevas en cada cuadro. No hay dos iguales. Es más homogéneo al final de su vida, pero su carrera no paró de experimentar y de buscar», asevera Solana.

Los retratos, muchos de encargo, y el desnudo son secciones cruciales de esta muestra, que se ocupa también del paisaje o el entorno familiar. «El desnudo es central en su obra y lo distancia también de un impresionismo ajeno al tema con la excepción de Degas y el propio Renoir», según Solana. «Se empeñó en crear el desnudo impresionista y lo logró», afirma el comisario. Sus desproporcionadas y sensuales mujeres «evocan a Tiziano, Rubens o Miguel Ángel y le sirven para cultivar esa sensualidad que impregna toda su obra y explica su manera de ver el mundo y la pintura». «Es muy poco intelectual y nada alambicado en sus interpretaciones. Pintar es para Renoir ver el mundo. Vivir. Es muy naíf en sus metas, que son ingenuas, nada sofisticadas, pero son un antídoto contra la tragedia», resume Solana.

Un vitalismo y una alegría de vivir que no abandonó jamás, ni en los tiempos duros en los que apenas tenía para comer, antes de triunfar, ni cuando la artritis reumatoide minó su salud y le obligó a pintar atándose los pinceles a unas manos que parecían muñones.

«La pintura para Renoir era también la mujer, como lo fue para Picasso», dice Solana. Destaca cómo cuatro de cada cinco de sus modelos son mujeres y cómo esa voluptuosidad aumenta en sus telas femeninas». «Me gusta pasar la manos sobre un pecho o una espalda si es una figura de mujer», explicó el propio Renoir, que amaba también «esos cuadros de paisajes que te dan gana de pasear en ellos».

«Es uno de los tres mejores pintores de siglo XIX en Francia, y eso es mucho decir dado el nivel de genio concentrado en esa época», resume Guillermo Solana. «No quiso ser un ojo implacable, el pintor óptico que se distancia de la cosas: es un ser vivo que toca y se aproxima a lo que pinta. No compartir el gusto por sus temas no debe impedir descubrir el gran pintor que es» concluye.