La Rioja

NIEVE EN EL DESIERTO

El teatro ocurre de veras. No ese evento tan común, más social que cultural, que se anuncia en las guías de ocio y se vende como artículo de lujo para que salgamos a pasar el rato y lucir consignas y bufandas. Ese teatro convencional no ocurre, porque casi nada de verdad ocurre en él; simplemente es producido y consumido como se produce y se consume todo aquello pensado para complacernos y aplacarnos. Pero el teatro de verdad, el de primera necesidad, el que golpea al hígado y te besa... rara vez, cada vez menos, casi nunca, pero ocurre. Es agua de un manantial a punto de agotarse. Y cuando ocurre, cuando te ocurre dentro, todo lo que puedes hacer es llorar, recoger tus mil pedazos y seguir adelante con la esperanza de encontrar en el camino otra de esas fuentes. El teatro, el arte de hacerte mirar en un espejo roto, de remover tu interior, darte la vuelta como un calcetín sucio y sacudirte para que vuelvas al principio de ti mismo y del otro, ese teatro ocurre en algún lugar y hay que buscarlo a pesar de la complacencia y la desesperanza. Como quien busca nieve en el desierto.

Un hombre, como miles, millones de hombres, fue a la guerra porque su país se lo pidió. Después ese soldado que quizás disparó a un inocente, ese mismo hombre al que su conciencia le pedía algo más que enfrentarse al enemigo, una excepción entre miles, millones de soldados y de hombres, escribió porque creyó que era necesario, más necesario incluso que combatir en el frente. Quería traspasar las alambradas, parlamentar, conocer las razones del enemigo, quizás tocar sus heridas... Quería escucharle. ¿Qué otra forma hay de apagar un fuego de odio que no dejamos de alimentar? Su bandera fue la bandera blanca del teatro.

Mario Diament, judío argentino, escribió 'Tierra del Fuego', una enorme rareza, un suceso extraordinario, una obra de teatro de verdad, necesaria y admirablemente escrita. Recrea la historia real de la azafata israelí Yulie Cohen, herida en Londres en 1978 en un atentado del Frente Popular para la Liberación de Palestina. Su mejor amiga murió a su lado. Veinte años después, enfrentándose a todo su círculo social, quiso conocer al terrorista Fahad Mihyi, que cumplía cadena perpetua en una cárcel británica, mirarle a los ojos y preguntarle por qué lo hizo. Acabó firmando una carta para pedir su libertad.

Claudio Tolcachir ha puesto una magia sencilla pero maravillosa en la versión española de una obra que primero sorprendió en Buenos Aires, como hizo aquí aquella otra más modesta de Proyecto 43-2 sobre la vía Nanclares, 'La mirada del otro'. El director mantiene siempre en escena a los seis personajes porque a todos les incumbe lo que sucede en cada momento y, con movimientos muy elementales, los hace intervenir o solo escuchar. Porque se trata de escuchar. Todos hacen un gran trabajo, especialmente Alicia Borrachero y Tristán Ulloa y conmueven Abdelatif Hwidar y Malena Gutiérrez, el terrorista y la madre de su víctima, trabados como un nudo en el ombligo mismo de este mundo sin remedio.

Más que un drama, 'Tierra del Fuego' es una idea, una exigencia moral: dialogar, escuchar, admitir la posibilidad de que el otro, el enemigo, también tenga poderosas razones, que también aquel al que temes como amenaza puede estar siendo tu víctima, tú su verdugo.

Como cualquiera, tengo mi opinión sobre el conflicto palestino-israelí, pero, escuchando, mis firmes convicciones crujieron como vulgares prejuicios. Y esa es una gran lección de humildad. Y, aunque no me queda esperanza en procesos de paz en este ni en casi ningún otro caso, ni siquiera a partir del diálogo, también Dario Fo ha venido a recordarme que cuando no es posible la revolución, nos queda al menos el teatro. Y la nieve en el desierto. Habrá que seguir buscando.