La Rioja

PRIMOROSA FAENA DE JUAN BAUTISTA

Los dos toros más ofensivos de la corrida de Victoriano del Río se abrieron en lotes distintos. Cinqueños los dos. Segundo y cuarto. El uno, negro salpicado, ancho balcón y veleto, badanudo, aire de toro viejo, solo pegó cabezazos. Embestir a golpes. Defendiéndose o protestando. Estuvo encelado con el caballo de pica vuelto y pareció entonces lo que no era. El apretón al caballo fue de dolerse. El Fandi prendió tres celebrados pares -el violín cuenta como par sin serlo en puridad- y todo fue, luego, un afán ingrato. Antes de pararse, el toro se rebrincó. Y antes de pararse y rebrincarse, topó.

El otro cinqueño, del hierro de Toros de Cortés, tuvo todavía más cara. Cornipaso y vuelto. Sacudido y largo, corto de manos, ni bien ni mal hecho. En tablas, Juan Bautista abrió con una tanda de tanteo y segundo asiento. Un manojito de muletazos de calidad, preludio de lo que iba a ser la faena de la tarde. Por armonía, temple y compás. Por su firmeza, autoridad y criterio. Ni un muletazo de más ni de menos. Pura precisión, los brazos sueltos. Tres tandas cortas y ligadas con la diestra, el toro traído siempre por delante, dominado un ligero punteo que delataba la justeza de fuerzas.

El trato tan suave fue para el toro como un bálsamo. Lo fue también el ritmo de la faena, sin cortes ni pausas ni tiempos muertos. Faena con sorpresa porque casi nadie había reparado en que la mano buena del toro era la izquierda. La de más humillar y mejor darse, y darse con nobleza. Y por ahí rompió en son mayor la cosa. La gente estaba encogida.