La Rioja

Fiesta en la diversidad

  • Es de interés común contar con símbolos y referencias compartidas sin caer en el absurdo de subliminarlas o de condenarlas

El Día de la Fiesta Nacional se celebró en circunstancias políticas inéditas, dada la prolongada interinidad del Gobierno y el riesgo de que tal situación continúe más allá del 31 de octubre, y volvió a suscitar distintas controversias en torno al carácter identitario de la fecha, especialmente en Cataluña. En España coexisten diversos sentimientos de pertenencia que se manifiestan incompatibles solo en muy pocos casos, como efecto de la impaciencia que muestran algunos independentistas. El 12 de octubre es una jornada festiva que apela a símbolos y referencias colectivas, pero que los ciudadanos viven y disfrutan de maneras diferentes. Hay quien cuelga la enseña nacional de su balcón, quien atiende los discursos oficiales sin especial emoción, y quien se muestra contento por el día de asueto, sin más. Pero también hay quienes consideran una afrenta tal celebración y, ostentando cargos institucionales, recurren a verdaderas filigranas para evitar que algunas administraciones cierren ese día. Nadie que diga haber sido ofendido en sus sentimientos resuelve nada ofendiendo a la inteligencia ajena y propia. Es lo que ocurrió ayer en Badalona y en otros municipios catalanes gobernados por independentistas. La Fiesta Nacional no se celebra para engrandecer más esencias que las de la convivencia pluralista. Es el interés común lo que une a las sociedades, y es de interés común contar con símbolos y referencias compartidas sin caer en el absurdo de sublimarlas o de condenarlas. El 12 de octubre no es suficiente para expresar la identidad colectiva de los ciudadanos de España, ni los eventos con que se festeja oficialmente pueden estar libres de una mirada crítica. Pero la Fiesta Nacional no sobra, en ningún caso, aunque sean muchos los que no la vivan con especial entusiasmo. La tolerancia se demuestra aceptando aquellas celebraciones en las que una amplia mayoría pueda reconocerse mínimamente. La democracia y la coexistencia entre tradiciones y anhelos distintos no dejan sitio al uniformismo. Pero la diversidad tampoco puede enraizar en el eclecticismo a ultranza, en la negación libertaria de los sentimientos de pertenencia de los demás conciudadanos.