La Rioja

Cortesía española

Cortesía 
española

Si usted padece reunionitis vecinal, variedad de sociopatía degenerativa maligna de recurrencia anual, sabe de sobra que la Ley que trata de regular esas caóticas reuniones, donde las comunidades de vecinos sacan lo peor que contienen, establece dos convocatorias. Una primera, que exige la presencia de la mayoría de los propietarios o sus representantes y, si no se alcanzara este quórum, media hora después una segunda que permite comenzar la tangana con los presentes. Un sistema absurdo que casi siempre obliga a los interesados en participar en la bronca anual a esperar inútilmente durante treinta minutos la segura incomparecencia de los que prefieren ahorrársela, todo hay que decirlo, en beneficio de su salud.

Al margen de esta doble convocatoria, institucionalizada en otras reuniones con posibles consecuencias legales, en multitud de actos públicos y privados celebrados en España es costumbre otorgar a los rezagados la gracia conocida como «minutos de cortesía». Significa que quienes se hayan esforzado en ser puntuales, es decir, en acomodarse en el asiento del salón de actos, teatro o auditorio unos minutos antes de la hora de comienzo, deberán esperar cinco, diez o más la llegada de los que a dicha hora aún están de camino. Miren, la cortesía es el conjunto de esas normas de comportamiento social que muestran amabilidad, buena educación, consideración y respeto hacia los demás. Así que, en el tema que nos ocupa, la cortesía debería consistir en ser puntual. Pero en virtud de una perversa interpretación contraria, resulta que los cumplidores con el horario son quienes han de mostrarse amables y respetuosos con los impuntuales, que son justamente los desconsiderados.

Esta práctica de la mal entendida cortesía española es generalizada, pero un buen ejemplo local es el teatro Bretón logroñés, donde el retraso en el inicio de conciertos y funciones es sistemático, sin otra justificación visible que el acomodo de esos espectadores que acuden tarde porque saben que siempre se empieza tarde, sí, pero por su culpa. Desde luego, resulta más cómodo llegar y sentarse en el acto durante esos minutos de cortesía que guardar la fastidiosa cola de la puntualidad. Esto tendría el mismo arreglo que Iberia cuando era una de las aerolíneas más impuntuales: su consejero delegado, el temible don José Barea, ordenó que a partir de tal día todos los aviones despegasen a su hora, así se quedase quien fuera en tierra. Al principio hubo altas presiones, no precisamente atmosféricas, y muchas protestas (¡el colmo!) pero la compañía aguantó el chaparrón. Y se acabó el problema.