La Rioja

Una deslumbrante porción del Metropolitan al norte de Manhattan

Quien quiera completar la exhaustiva panorámica del arte universal que el Metropolitan ofrece en su sede de la Quinta Avenida y conocer sus fondos dedicados al Medievo deberá armarse de paciencia. Desde el corazón de Manhattan se precisa una hora larga de travesía en autobús, superando la inmensa pradera de Central Park y surcando el norte hacia Harlem. Irá dejando atrás el corazón del barrio, largo tiempo asociado a los movimientos reivindicativos del 'black power', hasta desembocar en las manzanas del llamado Harlem hispano, donde apabulla la sucesión de nomenclatura asociada al idioma nacido en San Millán, que alcanza en estas calles su apoteósica fusión con el inglés. De Yuso, a Harlem; del paritorio del español, al laboratorio del 'spanglish'.

Guarda cierta justicia poética que esta expedición en busca de tan ricos tesoros medievales incluya una talla alumbrada en el monasterio emilianense, que sale al encuentro del visitante entre los apabullantes muros de esta porción del Metropolitan instalada en un alejado rincón neoyorquino por obra y gracia de la familia Rockefeller. Aquella saga de potentados de la vieja escuela, que alcanzó la cima de su fortuna el siglo pasado, se hizo con una extensa propiedad al norte de Nueva York y la cedió al Metropolitan para que pudiera mostrar su densa colección de arte medieval. Así que The Cloisters tiene algo de Disneylandia del Medievo. Un paseo por la historia de la Edad Media acompañado por cierta sensación de asistir también a la cruda exhibición de un expolio.

Un espacio con algo de irreal, porque se ubica dentro de un frondoso parque (Ford Tyron Park). Una ancha extensión de arbolado, parterres y jardines al borde del Hudson, con inmejorables panorámicas hacia el otro lado del río: al fondo, la vecina New Jersey. Porque esa es otra rareza singular de The Cloisters: los Rockefeller compraron también la colina situada en la orilla opuesta. Para que nadie les pudiera arruinar las vistas.