La Rioja

RESPIRAR MATA

RESPIRAR MATA

Me quiero, no me quiero. Uno nunca deshoja la margarita del propio amor. Y quizás debería. Lo que ves cuando miras al espejo es lo que hay. Te acostumbras, te abandonas y terminas por olvidarte hasta convertirte en una total nulidad incapaz de valorarte si no es a través de los demás: de la pareja, de los hijos, la familia, los amigos, los conocidos, los desconocidos e incluso a través de algún presentador de Telecinco. Pero cuando llega el día en que se esfuman esos apoyos de tu existencia en diferido, cuando te separas o se estropea la tele, te das cuenta de que quien realmente falta desde hace demasiado tiempo eres tú mismo. Comienza entonces el vacío; te falta el aire y tienes que aprenderlo todo desde el principio. Empezando por respirar.

'La respiración' es teatro de autoayuda para desvalidos, pero invita más a la risa sanadora que al llanto purificador. Como casi todo Alfredo Sanzol, tiene propiedades curativas, buena intención, incluso un agradable sabor nada frecuente en fármacos escénicos comerciales y no se le conocen efectos secundarios indeseados, pero me temo que se trata básicamente de un placebo de buena marca (laboratorios Lazona y La Abadía) que te lleva justo allí adonde tú quieres ser llevado. El efecto Sanzol. Personalmente, me falla algún cable de conexión con este autor, que, siendo de los más personales y emocionales, a mí nunca me termina de emocionar. Tampoco en esta ocasión, aunque nuevamente ha hecho un trabajo redondo de escritura y dirección, tan sincero como solo puede ser lo autobiográfico y tan fantástico que eleva la imaginación a categoría de realismo mágico.

En 'La calma mágica' eran unos hongos los que le ayudaban a entrar en contacto con el padre muerto; en 'La respiración' no hacen falta más sustancias que el aire para, otra vez, pisar el terreno alucinógeno, onírico o surreal que persigue en su teatro, y que, paradójicamente, consigue hacer muy creíble. Nagore, que lleva un año separada después de quince casada, no puede con su pena, como dice Sanzol que le ocurrió a él mismo. El dolor no le deja respirar y es la falta de oxígeno lo que le hace alucinar, vivir una fantasía de amor y sexo múltiple hasta aliviar el duelo, recuperar la risa y las ganas de quererse a sí misma. La margarita.

Me gustó el comienzo, el pasmo gracioso con que Nuria Mencía dibuja a una Nagore en apnea emocional, hundida en el vacío, superada por la pena y cabreada hasta con el aire. Y me gustó también su entrada en trance y la paulatina incorporación de los otros personajes reales o imaginarios. Me pareció original y brillante. Siempre está bien Verónica Forqué, la madre que vuelve a parir a Nagore; y también el resto de intérpretes que forman esa incestuosa familia. Pero me pareció excesivo el desarrollo cómico de la fantasía, incluso comercial, demasiado fácil por momentos, con la desinhibición sexual como principal desencadenante de la risa entre el público. Me cansó el final, por buenista... La esperanza y el éxito son tentaciones demasiado fuertes y Nagore y Sanzol, quién no lo haría, deciden vencerlas cayendo de lleno en sus brazos. Todo para recuperar la respiración.

Como las cajetillas de tabaco, el aire debería venir con una severa advertencia: respirar mata. Y amar. Y amarse uno mismo. E incluso ir al teatro... Pero prueba a dejar de hacerlo. Deja de respirar.