La Rioja

APUNTA. ESCRIBE. BANG

Cinco de la mañana en la guarida de Lardero. Ojos como platos. La niebla emborrona la visión panorámica desde la ventana. Hora de un café cargado que termine de activar al francotirador. Sube las escaleras en albornoz, pisando despacio para no despertar a su socia. Abre con cuidado la puerta del búnker y levanta la persiana. Maldita niebla norteña. Pero un obstáculo meteorológico no frena su capacidad de fijar objetivos, esa labor se cuece a fuego lento en cada reflexión arrancada a la rutina diaria. Saca su arma, un ordenador portátil de largo alcance y poderosa culata por si hace falta llegar al cuerpo a cuerpo. Se enciende la manzanita. Clac. Y ayudado con la mirilla ve a través de la niebla, a través del colegio viejo de los Maristas, de la gasolinera de Las Gaunas, allí hasta donde aumenta la densidad humana y también todo lo malo que cuelga de ella como piel muerta. Del vicio más nimio a la corruptela más escandalosa. Personas pisoteándose sin mostrar ni ápice de compasión, zapateándose los rostros, persiguiendo vanidades como galgos encelados. Apunta. Escribe. BANG. Ya se escucha ruido de tazas y cucharillas en la cocina. Guarda el arma en su funda, baja las escaleras y la deja junto a la puerta de casa para que no se le olvide al salir. Desayunan arropados por la voz estañada que sale de una vieja radio a pilas. Afina el oído mientras moja el cruasán en el segundo café del día. Los enemigos acechan por todas partes y nada como el boletín informativo matinal para descubrir nuevos objetivos. ¿Que ese politicucho ha dicho qué? Anotado en la lista de objetivos. Lo mismo digo, bonita, que tú también tengas muy buen día. Pelliza oscura, maletín de cuero, pequeño paseo hasta la clínica. Llega a su segunda guarida, esa en la que se siente más desnudo, menos protegido, cada vez más hastiado con el paso de los años. Eterno desfile de pequeños horrores humanos. Si yo le dijera lo que me duele a mí, señora. Pero el francotirador siempre refugia sus emociones ante el enemigo, ahí reside su mayor fuerza. Hable, hable, deme munición, que esta mañana he gastado bastante. Tómese esto y no haga lo otro, que se mejore, cierre la puerta al salir, adiós, adiós. Clac. Apunta. Escribe. BANG. Deja la bata en la percha, se abotona la pelliza y repite el paseo en sentido inverso. Qué suerte, otro día sin pisar Logroño. Al final se ha quedado buena tarde, habrá que dar una vueltilla con la bici entre acequias y viejos. Giran las ruedas y giran también sus engranajes mentales, buscando el ángulo más letal para disparar a ese político mediocre que soltaba borricadas a primera hora de la mañana. Llega agotado a casa, donde ya huele maravillosamente, a tortilla de patata y tomates de huerta casera. Cenan juntos y llega el previsible derrumbe entre diálogos de alguna serie policial. Hasta los asesinos más letales caen vencidos por el cansancio. Me voy al camastro, bonita. Pero ni dormido descansa el francotirador. Entre jirones de sueños ya empieza a verse el puntito rojo de una mirilla láser, cimbreante por las dudas porque hay tantas cosas que merecen un buen perdigonazo. La noche hace su trabajo y amanece notando olor a pólvora. Apenas le queda encender el arma y apretar el gatillo. Apunta. Escribe. BANG».