La Rioja

QUIÉN TEME A VIRGINIA LIGHT

Matemáticamente solo hay algo el doble de malo que un matrimonio: dos matrimonios. Matemática y también jodidamente en la práctica. Del mismo modo que solo una cosa puede ser exponencialmente peor que convivir en pareja y es tener que convivir con otras parejas. Compartir tabiques, ruidos de somier a medianoche del sábado y los estridentes berridos de los niños a todas horas. Invitarse a meriendas sin ganas, comparar la decoración de la casa y competir en torpeza y desencuentros. Esos olores de escalera o te unen más o terminan de arruinarte la existencia marital. No hay más que ver al bello Pedro Sánchez, acuchillado por los suyos, incapaces de superar las mierdas del vecino Mariano. Incluso el áspero Karl Marx lo reconoció como entidad; el matrimonio, digo, no el uxoricidio en Ferraz. Y su hermano Groucho, siempre menos greñudo, matizó: el matrimonio es una gran institución, por supuesto, si te gusta vivir en una institución. Ah, el marxismo; y aún mejor, el marxismo-chaplinismo.

Adosadas, como chalés a las afueras con hipoteca de por vida, compartiendo piscina comunitaria y grietas de asentamiento vital, dos parejas estallan en su propia burbuja inmobiliaria de relaciones insoportables al cruzarse miserias, un gato negro y algunos fluidos corporales todavía más inoportunos. No diría que es toda la sociedad la que explota con ellos, porque hablamos de 'Invencible', una comedia ante todo entretenida, pero es ahí a donde apunta con ese interesante pellizco de sátira que trata de pinchar al conjunto empezando por la pareja como célula.

Así, haciendo cosquillas y pinchando alternativamente, el británico Torben Betts, logra un mordaz y reconocible retrato de nuestra heterogénea clase media representada en sendas parejas -algo caricaturizadas, aunque habrá mil casos reales más excesivos- de clase trabajadora-poligonera y de profesionales liberales con ínfulas de intelectualidad; la envidiada clase media occidental a la que, pese a sus diferencias, la crisis ha igualado en poder adquisitivo a falta de valores menos volátiles y donde la banalidad y la ridiculez, aunque adopten poses aparentemente opuestas y contradictorias, están generosa y democráticamente repartidas.

Les iguala también, y eso les humaniza, su capacidad de equivocarse y de sufrir juntos, aunque, en el tono predominantemente cómico de la obra, con algunos momentos realmente brillantes de comedia de enredo clásica, esos bruscos latigazos trágicos intencionadamente a contrapelo hieren menos.

Viendo a Emilia y Julio (estupendos en naturalidad e intensidad Maribel Verdú y Jorge Bosch), a Laura y Pablo (también acertados Natalia Verbeke y Jorge Calvo, todos perfectamente equilibrados), viéndoles jugar a las dobles parejas sin saber bien a qué se exponen, no puedo evitar pensar en George y Martha, Nick y Honey, aquellos auténticos juguetes rotos de 'Quién teme a Virginia Woolf'. Daniel Veronese, que también dirigió esa bomba de destrucción masiva a partir del matrimonio que es la obra maestra de Edward Albee, demuestra su buen oficio en esta remota versión aligerada. Obviamente Betts sale perdiendo en la comparación, pero merece todos los aplausos. La vida, a fin de cuentas, también hay que tomarla con humor para soportarla, el whisky con hielo y el amor, eso sí, en vena.