La Rioja

EN LA HOJARASCA

El otoño siempre llega poco a poco; una tarde escuchas su murmullo con el viento desde las copas de los árboles, otro día coloca distraídamente cuatro charcos por el parque y para cuando te quieres dar cuenta las plazas y las avenidas están todas cubiertas de una hojarasca crujiente y abandonada. El otoño llega a La Rioja clandestinamente, y con el sigilo aterciopelado de los mafiosos enfría el aire de las tardes y va recortando las horas de luz, dejándonos de repente noches prematuras a la hora del café. En La Rioja el otoño ha alcanzado ya cierta categoría de tiempo mítico, igual que los escenarios mágicos de Gabriel García Márquez. Durante semanas lo real y lo fantástico sobrevuelan los largos viñedos rojos, y las nubes descienden desde la sierra de Cantabria para acompañar a los remolques cargados de uva que recorren lentamente los caminos. Pero si uno no tiene una viña las tardes de otoño son un espacio brumoso y lleno de melancolías en el que los días se funden unos con otros, dibujando un camino líquido y serpenteante como las gotas de lluvia en la ventanilla del coche. En esos ratos uno se siente como Sherlock Holmes cuando, rendido por el aburrimiento en su apartamento de Baker Street, conversa con su amigo Watson: «El único problema que aún nos queda por resolver es cómo pasar estas aburridas veladas de otoño»- le dice Sherlock a Watson-. «Acerque su silla y páseme el violín».

Este periodo ha servido desde siempre para ambientar buenos libros y películas atroces. Harper Lee relata en 'Matar a un ruiseñor' cómo en Alabama las estaciones se suceden de manera borrosa e imprecisa, sin mucha diferencia entre ellas: «El verano flota a la deriva dentro del otoño, y al otoño a veces no le sigue el invierno, sino una vaga primavera que se funde otra vez en verano». Pero aquí la estación llega siempre con un rigor intachable, y con puntualidad ferroviaria va descargando en La Rioja. Porque a esta tierra el otoño desembarca en autobuses y furgonetas, en vagones de tren y en coches compartidos. Y cuando con dedos ásperos como sarmientos los temporeros van abriendo sus mochilas, el otoño al fin se escapa, se desparrama por los pasajes y los cajeros y se acomoda en los cartones junto a estos hombres sin nombre que un año más duermen entre la hojarasca.