La Rioja

Álvaro Pombo. ::  eFE
Álvaro Pombo. :: eFE

«La noñería gay me pone malo»

  • El escritor Álvaro Pombo explora los límites de la codicia y la venganza en 'La casa del reloj', una novela «oscura y turbia»

Reconoce Álvaro Pombo (Santander, 1939) que, como a cualquiera, cabe definirlo por sus contradicciones. «Soy homosexual, soy cristiano y a pesar de haber votado a Rajoy, no soy de derechas». Lo dice el escritor y académico en el salón de su casa madrileña, una burbuja de tiempo, una jungla de libros, papeles amarillentos, maquetas y estampas de barcos, plantas, muebles y toda suerte de archiperres que dificultan la movilidad. Ahí hace vida y dicta Pombo sus novelas. La última es 'La casa del reloj' (Destino), una historia «oscura, turbia y decimonónica» en la que explora los límites de la ambición, la venganza y el origen del mal. «Además de los bienes, heredamos las miserias y las mentiras», constata.

Pombo cuenta que su novela «está plagada de mala gente». «Es, por desgracia, lo que más abunda. Gente codiciosa como la que nos rodea: no hay más que ver lo que está pasando», dice aludiendo al marasmo político. «He votado toda mi vida a la izquierda, al PSOE, pero en las últimas elecciones voté a Mariano Rajoy. Y volveré a hacerlo en las próximas, si es que las hay», explica el todavía militante de Unión Progreso y Democracia (UPyD). El partido de Rosa Díez fue para él «un proyecto noble que salió mal y al que el faltó gancho popular». «Una ocurrencia política muy original -dice- que inició líneas de comportamiento político que después continuaron, con más fortuna, Ciudadanos o Podemos».

Cansado de la «parálisis política» y de la «provisionalidad del Gobierno», tampoco ahorra críticas hacia el movimiento homosexual, del que se siente parte. «Los gais son mis hermanos, pero hay mucho mamoneo, una cosa carnavelesca y exhibicionista que no me parece bien», denuncia.

Pombo ha sido diana de la hostilidad del colectivo LGTB por denunciar sin tapujos «el provincianismo cateto de esas fiestas del orgullo gay, consumistas y banales, que siempre me han resbalado». «Son mis hermanos en términos franciscanos. Soy lo que ellos son o serán -insiste-, pero la ñoñería gay me pone malo». «Menear el culo en carrozas no es un acto de valentía, es un mamoneo narcisista», reitera, admitiendo, aun así, «la nobleza y la grandeza del movimiento LGTB».

Juan Caller es el protagonista de su novela, su vigésimo tercer título de narrativa. Antiguo chófer y asistente de don Alfonso, hereda de su señor una casa de campo, la del reloj, en un pueblo apartado y con la condición de trasladarse a vivir en ella. Acepta la «envenenada» herencia y a través de los vecinos y de las cartas que halla sabrá del triángulo amoroso que marcó la vida de un vengativo don Alfonso y de su hermano, Andrés, enamorados de la misma mujer, Matilde, transgresora y osada como algunas heroínas del XIX.

«Comprenderá que heredan también las miserias y las mentiras, y que es muy común el error de tener demasiadas expectativas», explica un escritor que aborda una historia de caínes y asegura «no creer en la bondad natural». Sabe que «el hombre feliz no tiene historia, como se quedará sin historias el novelista feliz».

Las cartas juegan un papel crucial en la trama y Pombo lo justifica por su admiración sin límite hacia el poeta alemán Rainer María Rilke y sus 'Cartas a un joven poeta', una «guía vital» para el escritor cántabro. «Sus misivas eran la vida cotidiana ya vivida», asegura Pombo, para quien «la memoria es nuestra gran energía».

Poeta medio secreto y autor de novelas memorables como 'El héroe de las mansardas de Mansard' o 'Donde las mujeres', premio Planeta en 2006 con 'La fortuna de Matilda Turpin', cree Pombo que aún no ha dado lo mejor de sí como novelista. «Me quedan ocho o diez libros, pero lo mejor está por llegar», asevera. «No acabo de escribir la novela que tendría que escribir», agrega un narrador que recuerda «con aprecio y nostalgia» aquellos 'Relatos del falta de sustancia' que hace cuatro décadas abrían su carrera. «Me conforta mucho más esa idea de la falta de sustancia que la de 'levedad del ser' que hizo famoso a Kundera», dice.

«Destruyo mucho más de lo que salvo», explica arrellanado en una vetusta silla de oficinista y encadenando un pitillo tras otro. Su técnica es «volcarlo todo al principio» para podar después. «Hay que ensuciar mucho la página para lograr que quede limpia». Él lo hace a diario con la misma determinación del gimnasta. «Con la escritura hay que hacer músculo, como en el ejercicio físico», dice alguien que, como a Picasso, la inspiración le pilla siempre trabajando.

El titular del sillón j en la RAE desde 2004 se lo pasa «bomba» en la docta casa. Acude fiel cada jueves a las sesiones académicas y trata de aportar lo que puede. «No soy un polisabio ni un polímata, pero sé unas cuantas cosas y eso es lo que aparece en mis novelas», dice. «Hago vida de 'starlette', me maquillo y me desmaquillo en función de lo que que me pida el momento y en estos días toca dar la cara», concluye risueño un Álvaro Pombo a quien el crítico Juan Antonio Masoliver definió como «el talento más extravagante de la nueva narrativa española».