La Rioja

EL ABSURDO INACEPTABLE

Logroño es un pueblo grande en el que la gente todavía se asoma por la ventana cuando escucha una sirena de policía, el paso de una ambulancia o el coche de los bomberos. Oyes las sirenas a lo lejos y en un primer instante te quedas paralizado, quieto, atrapado en una burbuja viscosa y fría que te deja congelado mientras aclaras una taza en el fregadero o te lavas los dientes. Luego giras un poco la cabeza e intentas adivinar si el sonido va o viene, y cuando se acercan las sirenas y pasan por debajo de casa, pegas la nariz en el cristal, entornas un poco los ojos y empiezas a disparar las viejas preguntas de siempre. ¿Qué ha pasado? ¿A dónde irá? ¿Quién vive por esa zona? Después se va apagando el aullido calle arriba y tú te alejas de la ventana sin conocer las respuestas, encuentras tu mirada reflejada en el cristal y vuelves a la tarea.

Esta reacción no se desata por ansias de cotilleo ni por morbo, ni siquiera por mera curiosidad u olfato de periodista. Si se es sincero, esto se hace por miedo y por instinto, porque aunque en un sitio como Logroño no abundan las malas noticias, cuando ocurren sacuden las calles de la ciudad igual que un terremoto. Amado Nervo dijo que «el miedo no es más que un deseo al revés», y en estos casos es así, porque lo que uno desea es no conocer a nadie de la empresa que cierra, que el brote de salmonelosis no sea en el bar del barrio y que no haya ningún amigo en el accidente de autobús. Pero irremediablemente siempre le toca a alguien cercano. Y cuando el paso de los minutos va cincelando la noticia y al cabo de algunas horas toma forma en la página del periódico tú buscas unas iniciales en el papel. Y coinciden. Y escribes un whatsapp breve y apresurado. Y después de un tiempo interminable alguien te llama desde el pasillo de un hospital. «La vida, la vida.», te dicen del otro lado con una voz consumida de tantas lágrimas secas. Y al fin cuelgas pensando en el gran sinsentido, en el absurdo inaceptable de la existencia. Y con el móvil aún en la mano te preguntas por qué algunas veces la única diferencia entre la vida y la muerte reside en sentarse en el asiento del pasillo o en el de la ventanilla.