La Rioja

PROTESTO

  • «Aquí, si no se puede dar guerra ni molestar, cosa que me parece absolutamente justa y exigible, no lo puede hacer nadie ni nunca, bajo ningún concepto y sin excepciones. O todos o ninguno»

Y lo hago de forma enérgica. Fueron dos noches en las que no hubo forma de pegar ojo, y no sólo por el calor bochornoso de las últimas jornadas. Otra fue la razón. La noche del viernes 26 al sábado 27, así como la noche de ese sábado al domingo, durante varias horas, una música reiterada, como de verbena, cuya ubicación tardé en localizar, me hizo la mismísima, y esto no es de recibo. Yo me levanto todos los días a las seis y media de la mañana, por la sencilla razón de que si he de sacar partido al día debo madrugar. Y si he de pasar prácticamente toda la noche sin dormir, ya me dirán ustedes con qué ánimo me puedo poner yo a hacer mi trabajo.

Un seguidor de nuestro diario me alertó en la sección del 'Teléfono del lector'. Se quejaba del ruido de un festival de música, en los siguientes términos, y cito textualmente: «Yo, vecino de la residencia del Campillo, al igual que todos los vecinos de la zona residencial hemos dormido mal durante todo el fin de semana». Y otro comunicante, en la misma sección del pasado día 2, aún era más explícito: «En la zona del Campillo hemos pasado tres días sin dormir». Y aún va más allá: «Ha sido imperdonable por parte del Ayuntamiento».

Yo denuncio lo mismo pero formulado en forma de pregunta: ¿Quién del Ayuntamiento autorizó el que a esas horas una música, la que sea, me da igual que se trate de gregoriano que de bacalao, con todo alarde de equipos de megafonía, impida dormir a los vecinos de esta ciudad, aunque sólo sea a uno solo y ese uno sea yo?

Todos tenemos al menos un poco de memoria, de la histórica y de la otra, la de todos los días. Pues bien, esta segunda memoria me retrotrae al mes de mayo pasado en el que una cofradía de esta noble y leal ciudad de Logroño solicitó del excelentísimo Ayuntamiento la pertinente autorización para usar megafonía en el 'rezo del rosario de la Aurora', que comprendería no más allá de una hora, circunscrito el evento en una parcela mínima del Casco Antiguo, y desplazándose los participantes hasta la iglesia de Santiago. Quiero destacar que los que solicitaron la preceptiva autorización eran todos ellos ciudadanos/as con su DNI perfectamente en regla y, atención, perfectamente al día en sus obligaciones tributarias, unidos solamente por el amor a la Virgen. Y el Ayuntamiento dijo que no, que de megafonía a esas horas, nada de nada.

Antes de seguir adelante diré que ni yo ni nadie en la Iglesia necesita para nada cantar un rosario por la calle para mantener viva su devoción a la Virgen de la Esperanza, patrona de la ciudad. Y, lo que es más importante, ninguno de los organizadores ni de los asistentes tenían el mínimo ánimo de molestar a nadie. Simplemente, llevados de su piedad religiosa, querían manifestar en la calle algo que llevan muy adentro y que, al menos en los últimos años, se venía haciendo de forma pacífica y con autorización.

¿Alguien me puede explicar por qué razón es legítimo romper el sueño a lo largo de casi toda la noche y no lo es hacerlo de seis y media a siete y media de la mañana?

Hay gente que me dice que los encuentros de carácter religioso «deben tener lugar en locales cerrados, en concreto en las iglesias». Y yo siempre les contesto lo mismo, que -por idéntica razón- los conciertos mateos, las verbenas bernabeas, los pasacalles de las peñas, las manifestaciones sindicales y políticas, toda esa parafernalia, celébrese todo ello en locales cerrados tal que en las salas de fiesta, en los salones del Ayuntamiento, en las sedes de los partidos y de los sindicatos. ¿O no? ¿Por qué unas cosas en la calle y otras no? ¿De quién es la calle? ¿Qué criterio hay para autorizar o para denegar?

No quiero pensar ni siquiera por equivocación que el motivo para autorizar una cosa sí y otra no es estrictamente por motivos religiosos, porque entonces sí que rompo la baraja de la Constitución. Aquí, si no se puede dar guerra ni molestar, cosa que me parece absolutamente justa y exigible, no lo puede hacer nadie ni nunca, bajo ningún concepto y sin excepciones. O todos o ninguno.

¿Acaso va a ser cierto aquello que dijo hace ya un tiempo uno de nuestros políticos más añorados, que «en España todos somos iguales pero unos más iguales que otros». Al menos espero que no se vuelva a repetir. O seguiré protestando. Mientras pueda y me dejen.