La Rioja

CANTINELAS DE VERANO

El pueblo lo tengo arruinado, pero en fiestas... en fiestas no se puede fallar. Aquí van a venir siempre las mejores orquestas, cuesten lo que cuesten». Esto me lo aseguraba un alcalde hace años, cuando la crisis había vaciado las arcas municipales y los problemas económicos se alzaban en interminables montoneras de papeles sobre la mesa del secretario del Ayuntamiento. Yo miraba su gesto solemne y entendía a aquel viejo alcalde, porque en muchos pueblos moribundos en los que ya no hay ni escuela, los músicos y cantantes de los días de celebración son el último símbolo irrenunciable, el recuerdo final de un pasado en el que los bailes llenaban de alegría las calles empedradas y los chiquillos jugaban a salpicarse en la fuente de la plaza. Aquel alcalde sabía que la categoría de las orquestas contratadas era un asunto de la máxima importancia, porque aunque esa estampa festiva fuera tan pasajera como irreal, durante unos días rescataba al pueblo de los fangos del olvido, igual que cuando se retira el agua del pantano y cada final de agosto emerge de nuevo la silueta de Mansilla. Los vecinos comprendían que el jolgorio, las luces y los pasodobles no eran más que una ilusión, porque todos los otoños vuelven las aguas a su sitio y los pueblos a su agonía. «El pueblo se muere -pensaría aquel alcalde- pero que muera bailando».

La música de las fiestas siempre es algo de una enorme trascendencia. Juan Pardo vino una vez a dar un concierto a un pueblo de La Rioja Baja y al final de su actuación el público empezó a gritarle unas cosas incomprensibles. El cantante, con el micrófono en la mano, miraba a todas partes sin entender lo que pasaba. «¿Pero qué dicen, qué dicen?», preguntaba a sus músicos en el escenario. Al fin alguien se lo explicó: «Una jota, Juan. Quieren que cantes una jota». Siempre recuerdo esta historia cuando se presentan los conciertos de San Mateo, una rueda de prensa que la gente espera con el colmillo afilado, pues es bien sabido que en el catálogo de los entretenimientos más penosos de la ciudadanía destaca por encima de todos el de criticar cualquier asunto. Con los conciertos la gente se solivianta mucho, muchísimo, pero a los dos días ya están hablando de otra cosa. En el fondo todos saben que con el dinero que hay es difícil hacer milagros. Tanto como que Juan Pardo cante jotas.