La Rioja

DAR UN DISCURSO

Dar un discurso es una labor compleja que casi nadie hace bien. Yo me he visto obligado a presenciar muchos de ellos y tengo comprobado que la gente que sube a los escenarios para pedirnos el voto, recibir un homenaje o inaugurar un evento habla por lo general con escasísimo juicio. Muchas alocuciones carecen de la más elemental preparación, haciendo gala el orador de una improvisación infame a la que se pretende disfrazar de falsa campechanía pero que no es más que negligencia o falta de esfuerzo. Lo dejó escrito Mark Twain: «Para preparar un discurso improvisado suelen hacer falta tres semanas». Otras veces el que habla da una clase magistral de aburrimiento y consigue adormecer a una audiencia que sólo quiere largarse a la menor ocasión. Hace poco asistí al discurso de una gran autoridad ante un auditorio de estudiantes; era tan larga su monserga, tan plana y tan terriblemente somnífera que los chavales empezaron a aplaudir para ver si terminaba. No sé si volveré a ver a unos jóvenes aclamar a otro político con semejante entusiasmo.

Y sin embargo también se dan buenos discursos, como el de Carlos Coloma en la plaza de su pueblo. Al ciclista le temblaba el micrófono en la mano porque hablaba de verdad. A su espalda le escuchaban sus familiares y delante, cientos de vecinos. No había lugar para disimulos. También Javier Cámara dio un discurso notable al recibir el Galardón de las Bellas Artes que dedicó a su padre: «Cuando volvía del campo mi padre me sentaba en su regazo y juntos estudiábamos un atlas gigante repleto de mapas preciosos», dijo con la voz quebrada. Ese día era el aniversario de su muerte.

Estos discursos son excepcionales porque son sinceros, algo desacostumbrado entre los políticos. ¿Quién recuerda hoy en España el discurso de un político? Nadie. Sólo viene a la memoria el «relaxing cup of café con leche», un escándalo. Lo más triste del asunto es que hemos asumido con gran naturalidad que se los escriben otros, y esto es algo lamentable. En Estados Unidos hay una larga tradición de escritores de discursos para el presidente. Peter Benchley fue uno de los peores. Escribía los de Lyndon B. Jonson y, cuando se retiró, Benchley publicó un libro sobre peces que terminó siendo un éxito. En él se basó la película 'Tiburón'. Cuánto talento.