La Rioja

El banquero que abroncaba a Hitler

Hitler y Hjalmar Schacht, durante un desfile en Berlín en mayo de 1934. :: r. c.
Hitler y Hjalmar Schacht, durante un desfile en Berlín en mayo de 1934. :: r. c.
  • Hjalmar Schacht, el «mago del la finanzas» del Führer, quiso imponer el imperialismo económico al militar

  • Barbieri desentraña el plan para «secuestrar» la economía de la España franquista

madrid. Entre las bambalinas del nazismo se movió Hjalmar Schacht. Fue un banquero de éxito, ministro de finanzas talentoso, astuto y engreído que facilitó el ascenso de Hitler al poder moderando la inflación de la Alemania prebélica y obrando el milagro económico que avaló al Reich. Fue el forjador «de un ambicioso modelo de imperialismo financiero cuyo primer laboratorio fue la España de Franco». Pero fracasó en su tentativa de secustro económico. Así lo sostiene Pierpaolo Barbieri, joven historiador argentino que ha desvelado las ambiciones de Schacht y las interesadas relaciones del banquero «que reñía a Hitler» con España en su ensayo 'La sombra de Hitler' (Taurus).

Es el brillante y elogiado debut de este historiador y economista graduado en Harvard y Cambridge, consultor en Nueva York y cuya 'opera prima' se subtitula 'El imperio económico nazi y la Guerra Civil española'. Con ella arroja luz sobre un controvertido y ambicioso personaje que buscó el poder a la sombra del Führer hasta que cayó en desgracia, y que a punto estuvo de cambiar la historia de Europa. Un Schacht que quiso frenar el afán expansionista de Hitler tras regenerar la economía alemana entre 1934 y 1937 apostando por la dominación económica de Europa frente a la militar.

Franco y Hitler se dan la mano en la portada del libro en su encuentro de Hendaya, «que Schacht propició en buena medida», según explica Barbieri. No aparece, pero desde la sombra marcó aquella entrevista, «que siempre se ha visto como el acercamiento de dos dictadores movidos por intereses militares pero en cuya relación imperaron las cuestiones económicas».

En cuatro años Schacht había resucitado la comatosa industria germana con un programa de rearme financiado por el Estado, hasta que pudo exhibir músculo económico ante Hilter. Con la plena confianza del futuro genocida, se benefició Schacht del fin de de un pavoroso ciclo económico que permitió el fortalecimiento económico que el Tercer Reich anhelaba.

«Se acabó la crisis y tenemos pleno empleo, pero nos dirigimos a un nuevo escenario de inflación. Alemania está suficientemente armada y deberíamos primar otras industrias», propuso al Führer su banquero de confianza. Tenía entonces un gran ascendente sobre Hitler, a quien se permitía abroncar si lo juzgaba necesario, y le convenció de la necesidad de convertir a Alemania en una potencia económica que dominara Europa a través de del comercio.

Estamos en 1937 y Schacht pone su vista en una España que libra una cruenta Guerra Civil que Franco ganará con apoyo de Alemania. Cree que España, un socio menor hasta entonces, puede ser el primer satélite, «la primera colonia del imperio económico de un Reich mercantil». Pero todo cambiaría en pocos años. La tesis de Barbieri es que el apoyo alemán a Franco «no llega por afinidad ideológica ente fascistas» y que se debe más bien «al deseo de tener un socio cautivo, un país endeudado con el que Alemania podría comerciar en condiciones ventajosas». España era así el primer sillar de lo que Barbieri llama «un imperio informal».

Una España aislada que se ahoga en la miseria «pero que tiene riquezas estratégicas para Alemania: cereales, pirita, hierro y tungsteno y que pasa de exportar un 15% al 50% a Alemania», explica Berbieri. España estaba en disposición de enviar alimentos y los minerales estratégicos que necesitaba la industria bélica germana y a los que no podía acceder en el mercado libre. «Se convirtió en una socia sumisa y cumplidora de Alemania con un Franco que aceptó condiciones inimaginables en cualquier otra circunstancia», dice Barbieri.

Caída en desgracia

Todo cambia cuando Schacht cae en desgracia y Hitler solo tiene oídos para Goering y los generales que hablan de expansión y dominación militar y no económica y comercial. «Tenían el sentido económico de un pirata: llegar a un lugar, tomar el botín y destruirlo todo», asegura. «Schacht le decía a Hitler las verdades que no quería oír, pero Hitler, enamorado de su propia imagen, se creyó su propia propaganda. Los aduladores le llegaron al alma y Hitler prefirió la guerra», explica Barbieri.

Pero el curso de la historia cambia en beneficio de Franco. El Reich pierde la guerra y el dictador español se ve liberado de una gigantesca deuda con Alemania que hubiera comprometido el futuro de su régimen. «Franco tuvo una suerte extraordinaria, le salió bien la jugada y en cinco años vio morir a su acreedor y su impagable deuda», resume Barbieri.

«Franco alimentó el mito de 'el hombre que paró a Hitler', pero la verdad es que tuvo más fortuna geopolítica que otra cosa. Si Hitler le hubiera dado lo que pedía, sobre todo aspiraciones territoriales en África, Franco habría entrado en la Guerra Mundial. Pero Hitler prefirió a la Francia de Vichy como aliada», apunta el historiador argentino.

De haber confiando en Schacht, «Hitler no habría invadido Polonia, habría aparcado la guerra y quizá el Reich se hubiera acercado al Reino Unido. Puede que hubiera habido otra guerra entre Alemania y la URSS, a lo mejor favorable a los alemanes», dice Barbieri, que no rechaza las ucronías y lo contrafáctico.

Schacht, como muchos de sus colegas nazis, fue juzgado en Nuremberg tras la guerra. Negó ser un nazi y acabó en un campo de concentración, al que sobreviviría. «Fue un tipo con suerte, un banquero obsesionado por el poder que se jactaba de ser más inteligente que nadie en el Gobierno. Nunca militó en el partido, pero quiso aprovecharse de los nazis para hacerse con el poder», dice Barbieri. «Eligió estar en el equipo de los malos y como tantos conservadores alemanes, pactó con el diablo de la esvástica y el exterminio». Inicialmente los militares le apoyaron porque los rearmó, pero se tornaron enemigos cuando quiso detener la política belicista.

«Los nazis no pueden gobernar, pero yo puedo gobernar por ellos», llegó a afirmar este petulante banquero y ministro pagado de sí mismo que «se casó con Hitler en busca del poder» y caído en desgracia al ser acusado en 1944 de conspiración en el atentado contra Hitler cuya cabeza visible fue Claus von Stauffenberg.