La sanación emerge del humo

Los vecinos prendieron hogueras humedecidas de romero y grojo al paso de San Andrés para fabricar el humo sanador, como en 1888. :: E.P./
Los vecinos prendieron hogueras humedecidas de romero y grojo al paso de San Andrés para fabricar el humo sanador, como en 1888. :: E.P.

Cientos de personas revivieron ayer la Procesión del Humo de Arnedillo

E. PASCUAL

A cada paso, la imagen de San Andrés emergía entre el humo que cubría las angostas calles de la villa. Aparecía y avanzaba solemne en el mediodía de ayer como lo hizo hace 129 años, seguida de decenas de arnedillenses que se sumaban a la esperanza en la unión entre la fe y la ciencia. Esa combinación es la base de una de las citas religiosas más singulares de La Rioja, la procesión del Humo de Arnedillo.

El inicio del otoño fue doloroso en Arnedillo en 1888, cuando triplicaba el medio millar de vecinos que hoy la comparte. Después de llevarse el sarampión a treinta niños menores de 5 años, los vecinos lloraban el 2 de octubre a Cesárea Termes. Ella fue la primera víctima de la epidemia de viruela negra que en los dos siguientes meses se cobraría la vida de otros 35 arnedillenses de todas las edades y clases sociales.

Asolados, los vecinos buscaron remedio en médicos, en rezos, en todo lo imaginable. Pero seguían pasando las semanas y los muertos. Entonces, miraron a su alrededor y acudieron a la ciencia que guardan sus montes, multiplicado todo ello por el efecto de la fe. Así, quemaron hogueras de grojo y romero al paso de la imagen de San Andrés, cuya vela fue la última en apagarse entre los venerados en la villa.

La epidemia cesó. Y los arnedillenses continuaron sacando año tras año en procesión a San Andrés por su festividad, quemando a su paso hogueras de romero y grojo remozados. Conservada hasta nuestros días, esta fiesta fue declarada de interés turístico regional en el año 2013.

Anticipada por un ejército de fotógrafos, los cofrades de San Andrés portaron su imagen entre las hogueras que exhalaban el denso humo sanador a su paso, oscureciendo el sol que gobernaba el Cidacos. Tras él, cientos de vecinos y visitantes, entre ellos el obispo de la diócesis riojana, Carlos Escribano. Como a tantos procesionantes, el humo también le hizo llorar y toser. Pero también le guiará en salud.

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