Del ruido al silencio, ida y vuelta

De la capital al Camero Viejo: un recorrido matutino en los microbuses que conectan Logroño con los pequeños pueblos de la sierra riojana

Fernando Sánchez sube al microbús en Soto en Cameros/Juan Marín
Fernando Sánchez sube al microbús en Soto en Cameros / Juan Marín
Pilar Hidalgo
PILAR HIDALGO

Son las siete y media de la mañana. Aún no ha amanecido cuando el cubano Enrique Batista abre en la estación de autobuses de Logroño las puertas del interurbano que conecta la capital riojana con Laguna de Cameros cada martes, jueves y viernes de labor.

Para esta línea, una de las catorce que ofrece este tipo de transporte del Gobierno de La Rioja con el fin de unir los pueblos con la capital riojana o las cabeceras de comarca, se ha dispuesto un microbús. Veintiséis plazas de las que en esta mañana de noviembre sobran veinticinco. Sólo Jesús Ángel Sáez aguarda en la terminal logroñesa para montar en el vehículo. «Voy a San Román de Cameros a la médica porque estoy empadronado en Torre, mi pueblo», cuenta.

Jesús Ángel se sienta en las primeras filas del autobús. Tiene sitios de sobra para elegir. Y una vez superado Ribafrecha, espeta: «De aquí para arriba, ya no hay vida ni queda con quien hablar». Con esa sinceridad se arranca este viajero que, reconoce, «ir huyendo de la despoblación». «Me fui de Torre a vivir en San Román y de San Román me he ido a Logroño», le confiesa al chófer.

Juan Marín

Enrique Batista cubre esta ruta dos veces al mes. «El valle del Leza es lindísimo», opina; aunque «muy solitario». Nada que ver con su ciudad, Sancti Spíritus, con casi 140.000 habitantes. «De media sube hacia la sierra un pasajero y bajan tres», adelanta el conductor, al que poco después la jornada por el Camero Viejo le acabará dando la razón. «Bastaría un turismo para que cupieran todos», compara con gracia. Y es que, además, los trayectos resultan similares. Acostumbran a ser entre la capital riojana y los pueblos, y rara vez algún viajero utiliza este transporte para desplazarse de un pueblo a otro. «Sólo en una ocasión me tocó llevar a una chica de San Román a Villamediana», tira de memoria.

A partir de Soto, poco

En esta línea, los rostros de los usuarios se hacen familiares y la conversación fluye a medida que se dejan atrás las curvas del cañón del Leza. «Hasta el término de Leza de Río Leza la carretera aún tiene algo de tráfico por los camiones que van a la cantera, pero a partir de Soto hay muy poco», valora. No en vano, a esas tempranas horas de la mañana el microbús casi se topa con más vacas sobre el asfalto que vehículos.

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Jesús Ángel se apea en San Román a las 8.25 horas. Pese a que el centro de salud está junto al punto de parada, le gustaría que el autobús de regreso pasase por la tarde y no a las 14.25 horas. «No te da tiempo a estar y alguna vez me he tenido que quedar hasta el día siguiente», asegura. Aún así, prefiere coger el interurbano a su todoterreno y considera que «se trata de un servicio necesario».

De la misma opinión es Elisa Sáenz, quien espera bajo la marquesina frente al hotel rural Camero Viejo de Laguna a que el autocar dé la vuelta y emprenda el regreso a Logroño. «Voy a comprar y hoy, también, al dentista», refiere.

Los horarios

Doble tarea, por lo que prevé que «tendré que andar deprisa y corriendo para cogerlo de vuelta a Laguna a las 13», el único horario en el día. «Debería regresar de nuevo a la sierra más tarde, sobre las 14.30 horas, porque hay gente que va al médico a Logroño y se tiene que quedar porque no le da tiempo», plantea.

Juan Leoncio García, que se monta en Jalón de Cameros, augura que esa mañana le va a suceder algo así. «Tengo consulta a las 12.35 horas en el San Pedro y me tendré que buscar a alguien para que me suba porque no terminaré para las 13 horas», vaticina. Él es de los muchos en la comarca que piensan que el antiguo coche de línea que partía de Logroño en torno a las 15 horas satisfacía mejor las necesidades de los escasos residentes en el Camero Viejo.

Elisa y Juan Leoncio se conocen de la zona y coinciden en el tema de los horarios y en otras cuantas apreciaciones más. «Ya no nieva como antes por aquí. Cuando era niña la nieve nos llegaba hasta la cintura y tenían que venir a abrirnos camino con una pala para que pudiéramos ir a la escuela», evoca la mujer para amenizar el trayecto. Claro que ya ni Laguna ni Jalón cuentan con un aula.

Juan Marín

«Los inviernos son muy solitarios. Sólo ves gente a la hora del pan; pero los veranos en cambio son muy bonitos, con muchos veraneantes y muchas flores», muda al poco Elisa de conversación. Juan Leoncio asiente mientras mira desde la ventana del autobús el vertiginoso progreso de las obras de presa de Soto-Terroba. «¡Lo que han avanzado en una semana!», se admira el jalonero.

Aguas abajo, en Soto en Cameros recogen a Fernando Sánchez, un vallisoletano que se estableció hace una década en esta localidad. «Me he levantado pronto y me he dicho 'voy a comprar pescado'», comenta. Así que, a falta de tiendas en el pueblo, se dirige a la capital. «Voy a cargar que viene el frío», admite.

Por eso también pide que en Soto coloquen una marquesina que les proteja de las inclemencias meteorológicas, tan habituales por estos lares. «Y que no cambien tanto al conductor para que nos conozca si somos jubilados o no y nos haga el descuento, y que el autobús tenga maletero», reclama. Pronto se entretiene a contemplar el paisaje y frena en las demandas. Le gusta contar estelas de avión. En torno a las nueve y cuarto de esa mañana sobre el cañón del Leza divisó tres.

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