La memoria de los siglos

La piedra con la cruz y la inscripción. :: albo/
La piedra con la cruz y la inscripción. :: albo

Jorge Matey localiza una piedra con una cruz del año 1718 que pone nombre a una zona de Ezcaray

J. ALBO

Cuando el ingeniero forestal Jorge Matey Valderrama trabajaba en su libro, 'Planos de toponimia actual e histórica y nomenclátor del Alto Oja (La Rioja): Ezcaray, Ojacastro, Valgañón, Zorraquín', editado el pasado verano por el Instituto de Estudios Riojanos, le surgieron algunas interrogantes. Una de ellas fue por qué la zona de 'Las huertas de la cruz', cerca de la aldea de Turza, se llamaba así. Sopesó la posibilidad de que en el lugar, al igual que en otros con esa coletilla, 'de la cruz', hubiera existido alguna ermita o elemento religioso. Sabedor de que no encontraría la respuesta en ningún libro recurrió a la memoria de los más mayores y, sorprendentemente, sus interrogantes se despejaron junto al camino, el 1 de septiembre: bajo un montón de vegetación, semienterrada por el polvo del tiempo, 300 años después de que alguien la colocara allí, apareció una piedra con una cruz en medio; una inscripción ininteligible -parece que un nombre- y una nítida fecha: «AÑO 1718».

Lamberto, un vecino de Ezcaray nacido en Turza, le puso sobre la pista. «Me dijo que recordaba que por ahí había una piedra con una cruz, que creía pudiera ser un mojón de pastos», recuerda Matey, que subió solo a la zona un día, sin dar con ella, y volvió en otra ocasión con su informador. Les costó encontrarla, bien oculta que estaba bajo matorrales y semienterrada, pero finalmente apareció, de forma rectangular y con una cruz perfectamente definida en el centro. En cuanto la vio tuvo claro que aquello no era un mojón de pastos. Con anterioridad había visto ya muchos deslindes entre pueblos, marcados con alguna piedra característica, un montón de ellas o mojones en las que a a veces se grababa una basta cruz. «Mojones de piedra sí que los había visto entre Ojacastro y Ezcaray, pero nunca entre Turza y Ezcaray. Me sonó raro», indica.

En la piedra, además, descubrió letras y números. Volvió otro día con papel de calco y consiguió leer una fecha, que parece la de 1718. Sobre ella aparece escrito lo que parece ser un nombre y un apellido que empieza por la letra B... El ingeniero forestal consultó el catastro de la Ensenada, en el que aparecen las personas que vivían en Turza, que, aunque posterior a la piedra podría darle alguna pista. «Podría ser Barbadillo», sopesa. Y posteriormente, preguntó a un anciano de la aldea, que le aporto algo más de información: «Dijo recordar que de niño le habían contado que ahí se había matado un hombre de Turza, con una yegua, un caballo o algo así», indica Matey.

«Es inimaginable la de cosas que aún conserva la tradición oral», dice Matey de la memoria transmitida

Trescientos años después, la noticia de lo que ocurrió ahí sigue viva, solo por el boca a boca... «Es inimaginable la de cosas que conserva la tradición oral», afirma Matey. «Esta generación de personas de 70 años es la última que ha vivido usándola. Antes no había teléfonos móviles, carreteras... Si estaban buscando una vaca tenían que saber exactamente dónde estaba. Tenían nombre para cada pliegue del terreno. Sus hijos, que tienen ahora 50 años, ya han tenido Land Rover, prismáticos... Se saben pero no tantas. Y esta toponimia no está en ningún lado. En el momento que se mueran, desaparece», lamenta. Su libro contribuirá a que eso no ocurra.

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