Rumor de capas

Rumor de capas
GARNACHA

RICARDO FAJARDO - CRÍTICA DE TEATRO

Decía un espectador experto, en el entreacto, que montar un 'Don Juan Tenorio' a estas alturas tiene una doble complicación: el elenco tiene tras de sí una lista innumerable de referencias que le comparan y los espectadores ya saben, exactamente, lo que van a ver. Sin embargo, es la obra más representada de la literatura española. Un clásico siempre acepta nuevas lecturas y nuevos ojos descubren nuevos enfoques o recupera viejos matices.

Un reto, en fin, al que actores y espectadores se arrojan una y otra vez como el Tenorio a sus desmanes. Esta nueva producción saca la espada, la capa y devuelve la historia a su época original. Un siglo diecinueve romántico y tenebroso, de tinieblas y candiles, de claustros y tabernas, de hombres y espectros. Un ambiente atractivo e inquietante al mismo tiempo, las mismas sensaciones que el propio Tenorio desata.

El montaje insiste, además, en la juventud de Inés y Don Juan para realizar una versión armada en la intensidad, el ímpetu y la acción. Reflexiona, sí, pero sobre todo Don Juan Tenorio siente y actúa. El peso de la historia recae, precisamente, sobre los hombros de dos personajes jóvenes. Un verdadero reto para actores con no tantas tablas.

Guillermo Serrano da piel y hechuras de galán romántico de otro tiempo a un Don Juan que, con él, respira, suda y llora. Ana Batuecas exprime su papel y le saca chispas a esa transición difícil entre la candidez y el enamoramiento sin caer en estereotipos lánguidos. Alrededor, un grupo de actores y actrices solvente que da cuerpo y cobijo al pendenciero y la novicia.

Destacan Rafa Nuñez con un comendador enérgico y dolorido y Memé Tabares con una Brígida divertida y embaucadora. Haro ha sido, una vez más, testigo de buen teatro. Porque el teatro siempre tiene sitio. Como la historia de Don Juan Tenorio. Siempre hay ganas de ver y sentir que el amor es capaz de todo.

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