LÁGRIMAS EN LA BASURA

RICARDO FAJARDO - CRÍTICA DE TEATRO

Existen pocas cosas comparables a llorar en un teatro. A emocionarse juntos, en soledad, actores y espectadores. A compartir lágrimas y emociones refugiados en la oscuridad. Cuando nadie te ve pero todo el mundo observa. No pasa muchas veces pero el viernes sucedió en el Bretón.

Una mesa, dos sillas, tres actores y una platea llena. El resto es historia. Historia de una crisis que ha dejado a una sociedad con todas las vergüenzas al aire. Una bomba de racimo con pequeñas bolsas de basura en su interior. En cada uno de los ocho interrogatorios en los que se divide la función revienta una de esas bolsas. Cada una con algo podrido en su interior: familia, política, educación, trabajo, vivienda, dignidad, ética, amor,

Y en todas las bolsas rasgadas por unos diálogos afilados y sin pausas había carcajadas. Había excusas y sentimientos de culpa. Había espejos y mentiras piadosas. Había miedos y palabras no pronunciadas. Y había lágrimas. Lágrimas brillantes y furtivas como diamantes robados.

Cuando salía del teatro, aún con la piel de gallina, me acordaba de Dario Fo. De cuánto le echamos de menos y de lo orgulloso que hubiera salido al ver la función. El Nobel italiano iba más al límite del clown, de lo grotesco, de la farsa para poner el dedo en la llaga de una sociedad adormilada pero el montaje de 'Nada que perder' consigue un efecto parecido. Consigue que la platea se ría y se emocione al verse en un espejo del que no sale demasiado bien parado. Entonces me doy cuenta de que el teatro, por definición, sirve para esto.

Marina Herranz, Javier Pérez-Acebrón y Pedro Ángel Roca llenaron las tablas de quince personajes y ocho apuntadores omniscientes que aportan la complicidad, la emoción y el contexto que los personajes no pueden dar o, simplemente, ocultan.

Un trabajo impecable, sin aliento, sin descanso y directo a la barbilla. La función se convirtió en algo personal; algo entre ellos y nosotros. Y ganamos todos.

Al final, el escenario quedó perdido de desperdicios y las butacas, llenas de espectadores perdidos de emociones y preguntas.

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