LOS DIOSES NO SANGRAN

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RICARDO FAJARDO - CRÍTICA DE TEATRO

El teatro no es la vida, pero casi. Es un juego de espejos tan perfecto que somos capaces de sentir por una ficción que es real, porque reales son nuestras reacciones. Hasta que llega la vida, la real, enciende las luces de platea y para la función, como solo lo puede hacer ella, Eso pasó el jueves. A una mujer, en las primera filas, comenzó a faltarle el aire. Su angustia fue la nuestra. Afortunadamente encontró el aire que necesitaba y salió, fatigada pero por su propio pie, del Bretón. Tras un aplauso reconfortante, los espectadores nos sentamos, los actores retomaron y la función continuó, como la vida.

Viriato comparte con el Marco Aurelio que vimos la semana pasada la necesidad que tienen dos hombres con poder divino de evitar que la fuente de los conflictos deje de manar sangre. La reflexión del texto de Florián Recio sobre el héroe lusitano es la guerra como concepto, como piedra de Sísifo. Viriato es incapaz, aunque lo intenta, de salir de sus tentáculos, de sus chantajes y de sus excusas para seguir haciendo daño. Viriato está cansado de ser Viriato. Viriato quiere ser hombre. Solo eso. Así de sencillo.

Estrenada este verano en Mérida, la versión ofrecida sobre las tablas del Bretón se reduce, en dimensiones y efectivos, pero intenta mantener la tensión y el drama de ese caudillo que quiere liberar a su pueblo de un yugo mayor que el de los romanos: el de la guerra.

Un coro de dos actores permanentemente en escena, mimetizados con la escenografía básica de ruinas de piedra y madera, lleva de la mano al público sobre la idea (a veces repetitiva) y la emoción de la función. Un coro que, a modo y manera de una Santa Compaña silenciosa, deambula eterna recogiendo almas perdidas del mundo de los vivos. Porque son éstos, los vivos, los que sufren y padecen las guerras libradas en nombre de los dioses. Ellos no lloran sus muertos. Los dioses no sangran, que dicen en la obra.

Fernando Ramos aporta la reflexión a un Viriato comedido y táctico rodeado de personajes más impulsivos y frenéticos. Mención especial merece el Olíndico creado por Pedro Montero y el histriónico, en el buen sentido, cónsul romano Cepión levantado por Juan Carlos Tirado. Dos personajes situados a ambos lados del héroe dudoso y con escrúpulos que pretende algo imposible: la paz definitiva.

El teatro imita la vida para buscar explicaciones y soluciones que nos ayuden en ese relato que no se para nunca, o casi nunca. Viriato se hace preguntas, intenta responderlas y nos ofrece sus dudas, que son las nuestras.

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