Por el camino que lleva a la Batalla

Un momento de la ruta que lleva a los Riscos de Bilibio donde, cada año, tiene lugar la Batalla del Vino. :: /Jöel López
Un momento de la ruta que lleva a los Riscos de Bilibio donde, cada año, tiene lugar la Batalla del Vino. :: / Jöel López

Cientos de romeros prefieren andar la distancia que separa Haro de los Riscos de Bilibio

Jöel López
JÖEL LÓPEZHaro

«Para qué voy a ir en autobús si puedo ir andando». La lógica aplastante de este romero que se estrena en sus visitas a Bilibio resuena en la plaza Juan García Gato mientras espera al resto de compañeros de viaje. En los bordillos de la plazuela trasera comparte espera con varios visitantes que no empiezan, sino que continúan el viaje.

Con el grupo de caminantes ya unido, la marcha se deja caer hasta el extremo más lejano del puente sobre el río Tirón. La mayoría gira a la izquierda pero Antonio, un experto en vericuetos tira del grupo hacia la derecha rozando el barrio de la Estación. Dice que se trata de un camino que toca poca carretera y es más tranquilo.

El nuevo romero siente que se pierde algo, pero también sabe que está donde tiene que estar: uno de los caminantes es el cura. Carlos Esteban. Es algo así como ir a la boda en el coche de la novia, pero mucho más divertido.

Cuando los romeros avanzan por Cantarranas, el cura ya ha saludado a decenas de chicos que le tiran vivas, le piden fotos y le juran: «Cuando llegue a Bilibio comulgaré, Padre». Agasajos que Carlos no solo recibe, sino que alienta y anima.

Antonio tenía razón, el camino entra en una fase de tranquilidad cuando llega a la zona de Cores. Calor inofensivo, cielo despejado, viñas a un lado y al fondo, San Felices.

Aquí, mientras pisan un camino muy antiguo o descubren leyendas grabadas en piedra, apenas se imagina lo que pasará al final del camino.

El grupo deja Baltracones a la izquierda y pasa por un pequeño túnel con el que contactarán con otro grupo de romeros que prefieren caminar.

Antonio advierte de que el túnel está resbaladizo: «Y yo pensaba que me iba a llenar de vino y me voy a llenar de barro». La voz del debutante vuelve a resonar en el túnel y todos responden con una carcajada.

La tranquilidad se va quedando por el camino cuando el grupo sale a la carretera y los tractores, coches y carros reconocen al cura. Mala compañía si quieres llegar inmaculado a los pies de San Felices. La gente se acumula y el objetivo es superar las dos últimas rampas antes de llegar a la ermita evitando impacientes romeros que no saben que la batalla empieza después de misa y si el cura no llega, no hay misa, y sin misa no hay Batalla.

En la sacristía el cura se quita el hábito blanco de romero y se enfunda el no menos blanco para dar la misa en una ermita llena de gente.

Todos están listos, aunque pocos saben que incluso para llegar al punto de partida hay que seguir un camino previo.

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