El final de una barra interminable

Extensa barra del bar Del Pozo, con numerosa clientela degustando vinos y aperitivos. :: /cedida por la familia del pozo
Extensa barra del bar Del Pozo, con numerosa clientela degustando vinos y aperitivos. :: / cedida por la familia del pozo

El derribo del inmueble del bar Del Pozo, histórico referente de la hostelería de Calahorra, dará paso a un bloque de pisos

Isabel Álvarez
ISABEL ÁLVAREZCalahorra

A pesar de las lagunas que deja el paso del tiempo, hay momentos, lugares y personas que los años no consiguen borrar. Y de ese mar de recuerdos que bucean por la memoria colectiva de Calahorra emergen estos días los de un negocio de hostelería que llegó a la calle Bebricio en la década de los 70 y que marcó una época.

El derribo esta semana del inmueble en el que se ubicaba el bar Del Pozo, en el número 21 de Bebricio, ha hecho que la sociedad calagurritana, al menos en sus pensamientos, vuelva a situarse en esa impresionante barra de bar de 27 metros que repartía toda clase de mariscos en las fiestas navideñas.

Fue un 9 de junio de 1972 cuando José del Pozo inauguró este negocio con la experiencia que le había proporcionado su paso por el balneario de Arnedillo (su pueblo natal) y por el desaparecido bar Capri, del que fue encargado. «Al principio abríamos las 24 horas», recuerda Angelines Aguado, esposa de José.

Pronto entraría ella a trabajar en la cocina, de la que se hicieron especialmente famosas sus raciones de calamares y la tortilla de patata. «Dábamos el vermú y todos los días teníamos tapas», cuenta Angelines, ahora sin José a su lado.

José del Pozo impregnó a su bar de una estética propia que dejó en manos de un arquitecto y decorador de Bilbao apellidado Medina. La entrada esférica del local junto a su mostrador marcaban su sello de identidad. Así lo rememora Angelines: «Era la barra más grande del norte de España».

«¿Y la pecera?», se pregunta algún antiguo cliente estos días al ver imágenes del derribo. Aquel acuario «daba muchísimo trabajo», sostiene Angelines, quien se siente «abrumada» por los gestos de cariño y buenos recuerdos que esta semana recibe de los que fueron asiduos del establecimiento.

Nueve camareros

El bar comenzó a funcionar con nueve camareros, aunque «todo el mundo de la familia echaba una mano». Desde los tíos hasta los dos hijos del matrimonio, Koke y Silvia. Las Navidades eran fechas especiales: «Mi padre estaba todo el mes diciembre buscando marisco para el bar. Traía ostras, gambas blancas.., era impresionante», relata Silvia, que barajó la posibilidad de seguir con el negocio.

«No lo hice porque sabía, y así me lo dijo mi padre cuando le pregunté, que si yo me lo quedaba él iba a seguir trabajando», confiesa. En 1999 llegó la jubilación de José y el traspaso del negocio, que después tuvo varios propietarios hasta su cierre.

El lunes se borró definitivamente de la calle Bebricio el local de lo que fuera una referencia para muchos jóvenes calagurritanos y de la ribera navarra de la época. «Hay matrimonios que te dicen que se han conocido aquí», dice Silvia. Ahora el solar del bar se prepara para un nuevo destino: un bloque de viviendas

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