Colombo y Gardel, orejas en tono menor

Natural del venezolano Colombo al cuarto de la tarde. :: justo rodríguez

La muy seria novillada de Los Ronceles acabó desfondada y sin rematar la tarde

PABLO GARCÍA-MANCHA ARNEDO.

La ganadería de Los Ronceles jugó una novillada seria, astifina (excepto el sexto) y con dos ejemplares con buena condición pero que acabaron desfondados, el noble tercero y el correoso cuarto. Los dos se fueron con una oreja menos al desolladero y ambos pusieron el triunfo en bandeja a Jesús Enrique Colombo y Alejandro Gardel, que sólo aprovecharon a medias las mejores embestidas de la tarde. Dos orejas de escaso peso que se fundamentaron en el toreo moderno, la ligazón efervescente y en sendas estocadas habilidosas. Pero lo que se dice toreo, poco o muy poco.

El novillo más claro fue el tercero. Pedía suavidad y Gardel comenzó con un inicio arrollador de pases cambiados que a la postre le pasó factura al burel. Faena muy desparramada por las diferentes geografías del ruedo que nunca terminó de tomar vuelo porque al espigado novillero le costó un mundo encontrar la distancia óptima para enganchar el buen viaje del astado. La realidad es que el coletudo estuvo tan vibrante como falto de argumentos para lucirse con una embestida que pedía, sobre cualquier otra cosa, temple, suavidad y toreo. La faena culminó por manoletinas y fue en ese trance cuando recibió las mayores ovaciones del público arnedano. El respetable pidió la oreja y el palco se la concedió.

Más o menos igual, pero al revés, de lo que le había sucedido a Diego Carretero en el toro anterior, el astado más exigente y dificultoso de la novillada. Carretero pisó terrenos de compromiso, firme siempre y con la muleta por delante para ganar la iniciativa a un astado que embestía muy recto por el pitón derecho y se acostaba con peligro por el izquierdo. Se la jugó con sinceridad Carretero. Le pidieron la oreja más o menos los mismos pañuelos pero el usía guardó el moquero a buen recaudo. Las razones es imposible cuantificarlas, quizás hubo un pañuelo menos, pero la faena había tenido entidad y verdad suficiente para ser premiada. De hecho, fue la de más enjundia de toda la función.

El cuarto era un tío y frente a él se puso el novillero de moda. Jesús Enrique Colombo, venezolano y valiente. Su toreo es recio y recia fue su faena. Brilló en banderillas y tuvo opciones sobre todo por el pitón derecho del animal, donde consiguió los mejores momentos ligando dos series en redondo de indudable mérito. El toro se vino a menos, y el venezolano recurrió la estrategia de las figuras: un manojo de luquesinas para abrochar la obra cerca ya las tablas. Lo ven a los mayores por sistema y la misma inercia acaba deslizándose al escalafón inferior.

El primero del lote de Colombo fue un novillo muy difícil, humillaba en el embroque una barbaridad, pero se quedaba siempre bajo la axila. Y además, fue a peor a medida que la faena fue acumulado minutos y lances. Los dos últimos de la corrida fueron los peores del envío de Los Ronceles, dos toracos serios y con volumen que no tenían bajo su piel otra cosa que vacío. Una pena que una novillada tan bien presentada acabara sumida en el pozo ciego de estos dos últimos ejemplares.

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