La Rioja

La desolación de Miguel Silva. :: justo rodríguez
La desolación de Miguel Silva. :: justo rodríguez

El hoyo inmenso de la Gitana

  • La ganadería salmantina sepulta la tarde inicial del Zapato de Oro

El Hoyo de la Gitana se convirtió ayer en un inmenso agujero, en un socavón impenetrable, en una senda hacia las profundidades más ignotas del globo terráqueo, en una sima oceánica donde alguien depositó la bravura y la dejó allí abandonada, perdida, olvidada, triste, solitaria y final, como la abrumadora novela del escritor y periodista argentino Osvaldo Soriano, una especie de relato homenaje a 'El largo adiós', de Raymond Chandler. Pero dejando la literatura al margen, la realidad es que en esta triste función marcada por la inmensa mansedumbre del Hoyo de la Gitana no aparecen ni el Gordo ni el Flaco, ni John Wayne ni Charlie Chaplin, tan sólo seis desangelados cornúpetas que arrasaron las ilusiones de los tres novilleros que habían hecho de Arnedo uno de los clavos ardiendo de sus respectivas temporadas.

Mas no pudieron dar ni un solo pase, ni el más mínimo esbozo de lucimiento merced al inapelable mal juego de estos astados del campo charro, una especie de broma de mal gusto de lo que fue, años atrás, una de las divisas señeras de las ganaderías. Cuentan que el fundador de esta estirpe, Fernando-Idelfonso Pérez Tabernero, tenía una personalidad arrolladora y por eso decidió bautizar a tres de sus hijos de esta suerte: Graciliano, Argimiro y Alipio. Es más, decían que tenía una libreta en la que anotaba los nombres más raros del mundo, tales como Austragisilo, Evilasio, Hiscio, que parece que a la postre desechó. Los tres hermanos marcaron el devenir de muchas ganaderías y de la alquimia brotaron de uno de ellos, que llegó a ser diputado en las Cortes, los inolvidables 'gracilianos', toros santacolomeños que dieron fama universal al encaste. Todo eso se esfumó dramáticamente ayer en el Arnedo Arena. Mientras se celebraba la corrida yo me acordaba de Argimiro, del bueno de Alipio y hasta del diputado Graciliano. ¿Qué hubieran pensado al ver aquellas seis ruinas deambulando por el Arnedo Arena sin la más mínima mota de casta en su entraña?

La corrida, además, fue fea, mal presentada, desigual, y lánguida como el primero, un animalito que se derrumbó dos veces en la faena mientras Miguel Ángel Silva porfiaba desangelado ante semejante panorama.

A medida de que la novillada fue avanzando un clamor de desolación fue apoderándose de los tendidos arnedanos. No había vuelta atrás, los novillos del Hoyo de la Gitana iban despeñándose uno por uno por la sima descrita magistralmente por Osvaldo Soriano. Parecía una novela argentina, repleta de paráfrasis y espacios para una conversación átona de las palabras sin significado como los toros sin embestidas ni emoción.