Anguiano se sube a los zancos festeros

La localidad del Alto Najerilla volvió a vibrar con sus danzantes haciendo cabriolas por las calles empedradas. :: / Justo Rodriguez

Con el pregón de Jesús María Martínez y el 'cohete' comenzaron los cinco días de fiestas en honor a María Magdalena

Félix Domínguez
FÉLIX DOMÍNGUEZNájera

La villa de Anguiano se calzó ayer los zancos de sus fiestas más célebres, las que se organizan en honor a Santa María Magdalena. En medio de gran expectación, encabezada por los niños ataviados con sus bañadores para participar en la fiesta de la espuma, a las 13 horas se asomaban al balcón del Ayuntamiento la alcaldesa, Gemma López, y el pregonero, el profesor Jesús María Martínez Alesanco, autor del libro 'La danza de los zancos, desde 1603 a 2003, en Anguiano (400 años de documentos'.

Martínez agradeció la invitación para pronunciar el pregón, y adelantó que lo iba a hacer sirviéndose del habla popular de la localidad, «sobre la que ya hay un libro de 1972 y que está compuesta de un montón de incorrecciones gramaticales, sobre todo en conjugación de verbos, pero hay también un vocabulario que está en desuso, que no tiene porqué ser incorrecto, simplemente que aquí se conserva y, a lo mejor, tiene relación con esta danza tan curiosa que hay en Anguiano, como es la de los zancos».

Sea como fuere, los asistentes disfrutaron de lo lindo con el pregón lleno de vocablos locales, lo que en muchos momentos llevó hasta la carcajada a los presentes. Terminada la alocución, se procedió al prendido del cohete, que por mor de las prohibiciones anti-incendios, fueron sendos petardos, los cuales, en honor a la verdad, no explotaron.

De inmediato, el cañón de la espuma comenzó a funcionar y ya nadie se acordaba del fallo pirotécnico, todo el mundo estaba pendiente de seguir las evoluciones de los más pequeños, convertidos por momentos en muñecos espumosos, eso sí, entre muchas risas y jolgorio.

Ya por la tarde, llegó el turno para los danzadores, quienes, tras un primer pasacalles, procedieron a cumplir con el rito anual de lanzarse girando como peonzas por la cuesta que lleva su nombre.

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