La Rioja

Los pueblos regresan al silencio

Soledad. La panorámica de Soto en Cameros refleja calles vacías y muchas casas con las persianas bajadas.
Soledad. La panorámica de Soto en Cameros refleja calles vacías y muchas casas con las persianas bajadas. / Antonio Díaz Uriel
  • Finalizado el verano, la soledad vuelve a adueñarse de las pequeñas localidades riojanas

  • Los residentes en los núcleos de escaso tamaño aprovechan la tranquilidad del invierno y hacen su vida sin esperar al gentío estival

'Érase una vez... Terroba'. El cartel con este título que informa de las actividades lúdicas previstas, y situado en la plaza de esta localidad del Camero Viejo, remite al pasado julio. A partir de mediados de septiembre, cuando los niños empiezan el colegio y los abuelos bajan a la capital o a los grandes municipios a cuidar de sus nietos, parece como si la vida se hubiera detenido, o al menos ralentizado, en buena parte de los pequeños pueblos riojanos.

Acabado el verano, una mañana cualquiera de entre semana el silencio se adueña de Terroba, como de otros tantos núcleos de reducido tamaño de La Rioja. Sólo los cencerros lejanos de unas vacas, que buscan algo de alimento en la cola del embalse que algún día se pondrá en marcha, osan romper esta paz inmensa. Y es que Terroba recibe a primeros de octubre al visitante con las calles inmaculadas y todas las persianas de las viviendas bajadas.

Hay que adentrarse bastante en el pueblo para lograr charlar con alguien. El equipo de Diario LA RIOJA saca a Carmen Martínez de la casa que reforma aprovechando que ahora tiene vacaciones. «Aquí de continuo viven alrededor de una docena de personas, pero en verano se llega a las 80», responde esta descendiente del Camero Viejo a la pregunta de cuántos se atreven en Terroba a combatir las bajas temperaturas y la quietud del invierno.

Ella y su marido forman uno de la decena de matrimonios que durante el año no falta un fin de semana al municipio. «Me gusta el paisaje, el frío y encender la chimenea. Me paso la semana trabajando en la ciudad y los sábados y domingos quiero cambiar», afirma antes de reconocer que «en Terroba prefiero el invierno, porque es más tranquilo».

Unos kilómetros más abajo, en Soto en Cameros la panadería ya ha cerrado para la una de la tarde. Sara Herreros, su responsable, ha despachado todas las barras. «En este tiempo amasamos unas 90 porque mi hijo las reparte también por Laguna, Vadillos... Pero casi ni nos merece la pena hacer pan», confiesa.

Ocurre algo muy distinto en el estío, especialmente en agosto, cuando las ventas se triplican. Pese a que, asegura, los hijos del pueblo no regresan como hace unos años. «No sé si es que la gente no sale de casa por ahorrar o que prefiere irse a otros sitios; pero Soto sólo se llena a primeros de agosto, para la fiesta», apunta esta soteña de 79 primaveras.

A su edad, residir en un «pueblo fantasma» (de fijo lo habitan unas 30 almas) durante cerca de diez meses al año, no le inquieta. «Vivo con mi hijo y me encuentro muy feliz en Soto. No espero a que llegue el verano o a que alguien suba el fin de semana. Nosotros hacemos nuestra vida», asevera.

Por la mañana la reclaman el mostrador de la panadería y los quehaceres domésticos y, por la tarde, se lía a darle al ganchillo junto al brasero. «Resulta una vida muy monótona, pero una se aclimata a lo que hay», dice conformista. «Y eso que mi hijo me cuenta muchos días que sólo ha hablado conmigo», añade.

Epicentro de los servicios

Aguas arriba, la imagen que ofrece San Román de Cameros concita algo más de movimiento. Esta localidad centraliza los servicios en el Alto Leza (centro de salud, bancos, veterinario,...), por lo que «por la mañana hay vida. Las tardes son otra cosa», sostiene Diego Calvo, al otro lado de la barra del centro social.

Al contrario que la gran mayoría, él, natural de Arnedo, optó por desandar el camino que emprendieron sus padres y ha retornado al lugar de sus raíces. «Aquí vienes a la tranquilidad, a ver las vacas en la carretera o a montar el telescopio y contemplar un cielo inmenso», declara. Así que no se le atraganta la soledad porque buena parte del año conviva con 60 personas, frente a las cerca de 250 de los meses cálidos.

Pedro Royo, con un café en la mano, relata que en invierno organizan sus cenas, juegan al mus si son «bastantes» y se juntan con los de otros pueblos para ver el fútbol en el bar... Entretienen el tiempo, pese a que saben que a estos rincones de la sierra no les aguarda más futuro que resistir como lugares de vacaciones. «La población continuará descendiendo porque no hay trabajo», augura.

«Da muchísima pena ver en lo que se han convertido estas localidades. Ojalá se pudiera vivir aquí de continuo, pero falta el empleo. Y las administraciones no van a hacer ningún esfuerzo, puesto que en esta zona no encuentran votos», critica Carmen, quien lamenta que no haya «visión de futuro». Porque «en la sierra se pueden llevar a cabo muchas cosas».