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Logroño, bajo un frío de los de antes

Logroño, bajo un frío de los de antes

Hace 50 años la capital de La Rioja vivió su día más congelador desde que hay registros: nada menos que 11,6 grados bajo cero

25.12.12 - 18:53 -
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Cómo será levantarse una mañana, sacar el piececillo de la cama como quien mide la temperatura y recogerlo rápido entre las mantas con síntomas de congelación. Qué sentirían los logroñeses de hace 50 años, cuando abrieran la ventana para saludar al día de Navidad y notaran un principio de entumecimiento en la punta de la nariz, por no citar un lugar más escondido.
Cuánta ropa de abrigo se precisa para soportar un termómetro empeñado en bajar más allá de los 11 grados negativos. En fin. Quién recuerda, de entre nuestra audiencia más veterana, aquellas navidades de 1962 sin sentir aún el estremecimiento que significa aguantar un frío de los de antes.
MISA DEL GALLO
Y eso que estaban avisados. Las páginas de este periódico, entonces llamado aún Nueva Rioja, habían incluido advertencias sobre la ola de frío que se avecinaba en el norte de la península y se supone que nuestros padres y abuelos algo se maliciaban. Hubo quien el día de Nochebuena encaminó sus pasos hacia la iglesia de Santiago para la misa del Gallo y apenas llegado a la calle Mayor desistió: tenía la sensación de que debía atravesar Siberia para cumplir con la tradición, así que vuelta a casa y a marear el cisco del brasero.
Algo similar ocurrió en la Estación de Autobuses: también los conductores del transporte que comunicaba con las capitales vascas se lo pensaron mejor y dejaron sin embarcar al pasaje. La anulación de servicios incluyó, según contaba este periódico, la conexión con Canales de la Sierra, también prescrita por mor de la bajada de temperaturas, que ofrecía claroscuros: por un lado, porque aconsejaba ponerse en manos de La Ideal, cuyos dueños anunciaban abrigos de caballero desde 700 pesetas (a 195 el de niño); por otro, porque obligaba a derramar alguna lágrima por las 1.500 familias “necesitadas” que, también según estas mismas páginas, residían en Logroño. No precisaba la información qué necesitaban, pero se lo podía uno figurar: más o menos, lo mismo que las miles que hoy en día viven en situación semejante.
VERANO SOFOCANTE, INVIERNO HELADO
El caso es que, aunque con tardanza, los riojanos acabaron por enterarse de que en efecto por unas horas habían vivido aquel día de Navidad como si fueran ciudadanos escandinavos. Quiere decirse que el termómetro se empeñó en rozar los 12 bajo cero, porque eso del cambio climático ya era moneda común por entonces: aquel año de 1962 fue de grandes extremos, con un agosto sofocante y un invierno frío, muy frío.
Tan frío como lo sufrieron tanto en el resto del país (se heló la cosecha de naranja por Levante, se congelaron las aguas del madrileño estanque del Retiro) como en el continente, puesto que el temporal de nieve nos hermanó con los amigos franceses y dejó en París diez víctimas mortales: literalmente, murieron de frío.
BILBAO Y LOS POLLOS
Lo peor, no obstante, se vivió en Cataluña, con severas consecuencias en Barcelona y su entorno, incomunicados los accesos por carretera y tren y (lo que es peor) amenazados sus vecinos por la visita de los prebostes franquistas: como si no tuvieran bastantes desgracias. Pero se ve que eran tiempos pródigos en noticias bizarras, que ayudaban a calentar el ambiente: se mantenía la costumbre de la Inocentada en la prensa del 28 de diciembre (ojo que se cae La Redonda: qué ingeniosos eran ya los periodistas de entonces), la iglesia de Aldeanueva sufrió un serio incendio (con un millón de pesetas en daños) y el Apocalipsis triunfó en la vecina Bilbao, cuyos habitantes acabaron el año ingiriendo nada menos que un millón de pollos.
Cómo y quién hizo tal cálculo, se ignora: lo que sí anotaron estas páginas es que el menú llegó a la capital vizcaína desde las granjas de Haro, que remitían al norte de España sus “cotizadísimos” ejemplares. Menudo pollo; o, citando aquella información, vaya “buen saque” el de los bilbaínos. Eso que se perdían los riojanos, aunque también para ellos hubo buenas noticias: hasta Logroño había llegado un nuevo producto que añadía confort al sueño, el llamado sky-jama de Meyba. Cómprese uno para cada miembro de la familia, como aconsejaba la publicidad, y ríase de los 11,6 bajo cero.
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