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Tito Vilanova y aquel Barcelona de ensueño

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Tito Vilanova y aquel Barcelona de ensueño

El nuevo técnico azulgrana brilló como juvenil en la mítica final de copa de Las Gaunas de 1986

02.05.12 - 12:43 -
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Tito Vilanova y aquel Barcelona de ensueño
Imagen de la alineación del juvenil del F.C. Barcelona tras recibir el trofeo, en el recuadro Tito Vilanova./L.R.
Por aquel entonces, el fútbol era todavía un deporte civilizado porque civilizadas eran las aficiones, de modo que se podían ver en la grada escenas de alto contenido castizo: las hinchadas, almorzando, y las botas de vino, pasando de mano en mano. Qué tiempos. Claro que aquella mañana del 1 de junio de 1986 había poco en juego: apenas, la Copa del Rey de juveniles, torneo que entonces sólo hacía salivar a la afición conspicua, porque el hincha cabal de fútbol no distingue entre grandes y pequeños: lo que atrapa su interés es la posibilidad de ver cómo rueda el balón como rodaba aquel mediodía sobre el tapete de Las Gaunas. Y es verdad que en las abarrotadas gradas militaban fanáticos del Real Madrid y del Barcelona, que se disputaban el campeonato, pero como se trataba de las versiones juveniles de ambos equipos la animosidad no llegó a ingresar en el viejo campo de Logroño. La tribuna de general era una fiesta… en todos los sentidos. También gastronómica, hasta el punto de que uno recuerda el brillo de aquel partido inolvidable que concluyó con un espectacular 6-3 para los chicos que entrenaba Rexach, pero tampoco olvida una estupenda ración de magras con tomate degustadas en compañía de propios y extraños: cualquier desconocido te podía invitar a compartir el piscolabis y cualquier desconocido podía aparecer con un currusco de pan en ristre para untarlo en el guiso común. Justicia deportiva: así como el fútbol del Barcelona era un fútbol colectivizado, línea escuela holandesa, colectivizado debía ser también el almuerzo.
Pero si aquel título azulgrana regresa hoy a nuestra memoria no es por el formidable equipo que se desplegó en Las Gaunas ni por su fútbol mayúsculo ni por la competencia tenaz y a ratos también brillante que opuso el Real Madrid. Tampoco justifican estas líneas el pedigrí que alcanzó el palco del municipal de Logroño, donde Nicolás Casaus se fumaba un puro y el llorado Juanito no perdía detalle; tampoco será necesario rememorar que de árbitro compareció Ramos Marcos, bestia negra muchos años después para el Logroñés más glorioso de su historia. Si acudimos ahora a la hemeroteca es para rescatar una añeja imagen en blanco y negro, con la grada de General al fondo y sus anuncios de Collado Hermanos y Diario LA RIOJA, porque delante del fotógrafo posa el equipo vencedor y allí vemos una cara hoy muy conocida, la cara imberbe y feliz de un chiquillo con la zamarra azulgrana enfundada: es Tito Vilanova, el hombre que escoltará hasta el final de Liga a Guardiola en el banquillo del Camp Nou, el nuevo monarca barcelonista. A Pep muerto, Tito puesto.
¿Qué Vilanova vio Las Gaunas? Bueno, más o menos el mismo Vilanova que luego regresaría sobre sus pasos con el carrusel de equipos donde militó, aunque nunca más de azulgrana. Un centrocampista de agradable relación con la pelota, pero de aire indefinido: nunca supimos si le gustaba acercarse a los delanteros, si prefería moverse por los costados, si ansiaba oficiar como medio centro. Un jugador de complemento, que no hacía nada sobresaliente pero tampoco escondía graves defectos; en su crónica para este periódico, Jesús Manuel Fernández lo incluía entre sus futbolistas predilectos de aquel juvenil del Barcelona donde se destetaron otras promesas que sí acabaron por ingresar en la historia. "Vilanova", escribía Fernández, "entró como quiso en el campo madridista".
Yo, sin embargo, recuerdo por encima de él a otros colegas de generación. Al malogrado Sergi, un defensa que se movía en el área propia como Beckenbauer y en la rival como Van Basten, autor de un golazo de extraordinaria clase, el que rubricaba la media docena. Recuerdo a Cristóbal, propietario luego de se mismo carril derecho con la camiseta blanquirroja. Recuerdo a Amor, destinado a convertirse en piedra angular del dream team; y recuerdo en las filas rivales a tres futbolistas de tremenda clase, a quienes el gran Julio César Iglesias, que ya había conocido un enorme éxito bautizando a la Quinta del Buitre, designó por entonces como la Trilateral: Maqueda, Aragón y Vílchez, que después serían también inolvidables para todo aficionado del Logroñés.
Y no: la verdad es que no recuerdo demasiado a Tito Vilanova, un futbolista que no dejó gran huella en activo. Siendo sincero, de aquella mañana, de aquel estupendo partido, sí que regresa a veces el perfume de las cazuelitas, el aroma de un trago de vino, el fútbol en estado puro que pudimos paladear en Las Gaunas. Y regresa una punzada de nostalgia de cuando aquel viejo campo que siempre será el mío todavía permanecía en pie, repleto de incomodidades, de gracia y de encanto.
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