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Un hombre de acción

Julián Rezola Trapero Compañeros y amigos del fundador de 'Pioneros' le rindieron ayer un homenaje cívico en la UR para ensalzar su labor y su legado

27.11.09 - 01:17 -
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Hubo unos años en que nacer en determinados barrios marcaba la manera de vivir y, a veces, la forma de morir. Existió un tiempo en que nada se sabía de la atención social o las alternativas laborales y los chavales sin esperanzas ni horizontes pasaban el día en la calle aletargados en el nihilismo. Aquel fue el Logroño en el que irrumpió Julián Rezola después de haber emigrado de la capital riojana a París en 1962 para trabajar como mecánico ajustador y empezar allí a colaborar con asociaciones dedicadas a la reinserción de jóvenes marginados, ejercer como educador en los extrarradios más duros y vivir activamente y en primera persona el Mayo francés del 68.
Presidente de la JOC en La Rioja en los años 60, comunista en la clandestinidad, primer secretario general de UGT en Navarra en la democracia, cofundador en 1978 de la Fundación Bartolomé de Carranza en Pamplona, impulsor del movimiento Pioneros... La biografía de Julián Rezola es ancha como el compromiso y el magnetismo que, dicen quienes le conocieron y ayer le homenajearon en UR, emanaba. «Coincidimos primero en Yagüe a finales de los años 60, luego en París, más tarde de nuevo aquí ofreciendo conciertos con Carmen y Jesús e incluso luego, cuando se trasladó a Barcelona, mantuvimos el contacto por carta», rememora Jesús Vicente Aguirre sobre alguien a quien no duda en definir como «un hombre de acción». «Un autodidacta y tampoco exento de contradicciones con una inmensa capacidad para llegar a la gente y, sobre todo, influir y transformar la sociedad», dice mientras le recuerda charlando con sus (muchos) amigos en la huerta que conservaba en el camino viejo de Alberite o rodeado de chavales que le admiraban y respetaban a partes iguales.
Pedro Vallés, presidente de Pioneros entre 1985 y 1995, coincidió con él en aquella etapa. De su legado destaca su faceta de pedagogo e innovador en el terreno de la educación con proyectos ahora asentados y por entonces vanguardistas como las escuelas-taller, los pisos de acogida, el reciclaje como alternativa laboral. «Era de los que pisaba el terreno, se integraba en el medio de los chavales y sabía llegar al fondo de lo que a cualquiera le parecería superficial», reflexiona Vallés, que reconoce cómo el arrollador compromiso de Julián chocó no pocas veces contra unas estructuras políticas y administrativas reacias al ensalzamiento de la utopía por él proclamada.
El tiempo no aplacó un ápice su dinamismo. Emiliano Navas, que también compartió con él algunos de sus años más activos en Pioneros, se remite a cómo, ya instalado en Barcelona, Rezola detallaba cómo extendió su labor acercándose a los cabezas rapadas en Ciutat Vella. Chavales «con la violencia como única ideología» a los que Julián también atendió, deslumbró y convenció hasta morir a los 66 años.
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