El fútbol deja contradicciones. Sabores de boca extraños. Empatas fuera de casa y eso está bien o muy bien en Segunda B. Lo haces, además, en un campo en el que sabes que no ha ganado nadie. Genial, entonces. Y tu hombre con mayor facilidad en el último pase se ha lesionado en la primera parte, con lo que ello conlleva. Vaya mérito tiene entonces el empate. O eso parece. Porque luego te das cuenta de que el rival ha estado con uno menos desde los diecisiete minutos y eso lo cambia todo.
Así que es difícil descifrar el valor del punto que la UD Logroñés se llevó ayer de Denia. Los de Visnjic se encontraron un terreno de juego complicado, con un equipo correoso, trabajador, comprometido... Que se quedó con diez muy pronto. Una expulsión justa, por cierto, porque los codos no están para impactar en la nuca de nadie. Y eso fue lo que hizo Aceitón, darle a Iñaki.
Pero con ese panorama, los blanquirrojos no supieron crear ocasiones. Tuvieron paciencia, es cierto, cuando debían tenerla. Construyeron desde atrás, con calma, en muchas ocasiones. Pero les faltó definición, imaginación y acierto en los últimos metros. En los decisivos. En los que marcan al final el devenir de un partido, el empate o la derrota. Todo puede tener que ver con la lesión de Óscar Arpón, que se marchó muy pronto con un pinchazo en el abductor.
Por lo demás, en defensa el Logroñés fijó bien a Manolo Bueno y Vinuesa, los delanteros del Denia. Dos futbolistas altos, fuertes, peleones y nada malos técnicamente. Dos de esos jugadores que te pueden amargar una tarde. Pero no. Tuvieron sus ocasiones de peligro, pero por lo general entre la defensa y el doble pivote (Gibanel y Salazar) los sujetaron bien.
Cuatro hombres
Luego, arriba, todo estaba pendiente de cuatro hombres. Iñaki, trabajador desde la izquierda. Borrell, laborando entre líneas y en busca de la inspiración. Carreño, haciendo gala de su velocidad y habilidad. Y Cervero, completamente desasistido por todos los anteriores. El asturiano cuajó su encuentro más gris y seguramente él no tuvo la culpa.
Durante el segundo tiempo, el juego se fue decantando poquito a poco hacia el empate sin goles. Porque al Denia las fuerzas se le fueron acabando y porque al Logroñés le seguía costando una barbaridad acercarse con claridad. Los alicantinos, aun así, corrieron hasta que no pudieron más. Eran diez, pero nunca dejaron de parecer once e incluso doce. El Camp Nou de la localidad que da inicio a la Costa Blanca tiene toda la pinta de lo que es, un fortín.
A pesar de todo, cada equipo tuvo su pequeña ocasión. La de los locales fue un disparo de Manolo Bueno que se fue lamiendo el palo izquierdo de Rubio. La de los visitantes, un lanzamiento de Carreño, que antes había roto a la zaga en velocidad, que rechazó no sin problemas Iván Vidal.
Ambos equipos se fueron satisfechos con el empate, aunque por diferentes razones y diferentes sensaciones. El Denia, porque se quedó pronto con uno menos. Y la UD Logroñés, porque se llevó algo de un complicado campo y un rival muy sacrificado. Pero jugó en superioridad. Un punto contradictorio, agridulce. Sin embargo, se llevó algo. Y eso, en esta categoría, siempre es positivo.