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RSS | ed. impresa | Regístrate | Viernes, 10 febrero 2012

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Alrededor de 2.300 romeros procedentes de La Rioja, Soria y Chile renovaron ayer su promesa de fe hacia la Virgen de Lomos de Orios durante la romería de la Caridad Grande

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Hay sentimientos que no entienden de demarcaciones ni de fronteras, como los que ayer volvieron a revivirse en la explanada de la ermita de Lomos de Orios.
Numerosos vecinos de los pueblos de la vertiente soriana de sierra de Cebollera quisieron compartir con sus hermanos riojanos la devoción y el cariño que profesan por la Virgen de Lomos de Orios, con motivo de la celebración de la romería de la Caridad Grande.
Así, ya en la tarde del pasado sábado, una treintena de peregrinos de los municipios sorianos de Covaleda y Vinuesa arribó a Villoslada a caballo para renovar, un año más, el gesto de fervor hacia la Madre de los villosladenses, en comunión con éstos.
En total, a mediodía de ayer unas 2.300 personas se dieron cita en la Caridad Grande, en una edición en la que muchos echaron en falta más almas, que en esta ocasión excusaron su presencia en Lomos de Orios por la coincidencia con la celebración de la Bandera de La Rioja en el cercano embalse de González Lacasa.
Quien no dudó en cruzar el Atlántico para reencontrarse con su venerada Virgen fue María Victoria Díez González, la hija de Juana González Hernández, una villosladense de 94 años que emigró a Santiago de Chile en 1936 y que, en esta ocasión, como en muchos otros ejercicios anteriores, abonó los gastos de la carne de cordera y los bollos de pan que componen la 'caridad'. Una ofrenda, en forma de 860 kilos de carne y alrededor de 7.000 raciones de pan, con la que Juana actualizó su agradecimiento hacia la imagen por la ayuda que ha dispensado a su familia.
Tributo pastoril
Precisamente, en señal de gratitud se instauró este ritual que la leyenda remonta al año 1520. En aquella fecha, los pastores trashumantes que debían transitar por la zona durante su viaje de retorno desde tierras extremeñas se encomendaron a la Virgen para solicitarle protección para sus animales ante las acometidas de los bandidos.
Prometieron que si no sufrían ataque alguno, entregarían a la imagen cada primer domingo de julio un celemín de trigo y una oveja. La tradición cuenta que cuando los ganaderos atravesaron el paraje de los Arañuelos una densa niebla cubrió el monte e impidió a los malhechores robar los rebaños. A ese milagro, los vecinos e hijos de Villoslada suman otros muchos. Por eso, tras recibir las raciones bendecidas, los romeros se adentran en la capilla para besar la medalla de la Virgen y solicitarle amparo ante las vicisitudes de la vida.
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