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L a ofensiva sin precedentes que 4.000 marines estadounidenses y 650 soldados y policías afganos iniciaron el pasado jueves para hacerse con el control de la región de Helmand, unida a la tarea que al norte de la misma vienen desarrollando las tropas británicas, constituye la prueba de fuego para la nueva estrategia diseñada por Washington con el fin de derrotar definitivamente a la insurgencia talibán en la zona. El objetivo de tomar las ciudades y localidades para aislar entre sí a la milicia fundamentalista, la intención de hacerlo sin emplear armamento pesado o bombarderos, el propósito de acabar con el cultivo y tráfico de opiáceos en el territorio que produce dos terceras partes de lo que genera Afganistán y el desarrollo de las elecciones presidenciales del 20 de agosto en condiciones de razonable normalidad constituyen cuatro propósitos que bien podrían conceder un sello victorioso a la intervención aliada en la región, bien podrían conducir a un nuevo fracaso de sus esfuerzos por apuntalar un estado afgano fuerte.
Ocho de las trece provincias en las que se divide la región de Helmand forman parte del poder paralelo que aun mantienen los talibanes en distintas zonas de la franja fronteriza con Pakistán. Sólo un éxito militar inapelable, e incruento para la población civil, podría asegurar a Kabul el control sobre la región. Control que sería pleno únicamente si los actuales aliados locales de los talibanes encontrasen en el Gobierno legítimo al socio capaz de atraerlos a la causa de la normalización del país; normalización que será siempre aparente o imperfecta mientras el dinero del opio no sea sustituido por el desarrollo del valle del Helmand a través de otros cultivos y actividades económicas. Puede estimarse que los efectivos desplegados en toda esta región afgana por parte de los aliados representan un soldado especialmente entrenado y equipado por cada cien habitantes. Una proporción que haría injustificable un eventual fracaso en el combate contra grupos de talibanes que rehuyen la lucha en campo abierto si los estadounidenses, británicos y afganos acaban por hacerse con las localidades más pobladas. En cualquier caso, cabría considerar que esta ofensiva pertenece a una guerra bien distinta a la que se emprendió sobre suelo afgano tras el 11 de septiembre del 2001.
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