Ján Figel, (Vranov nad Toplou, Eslovaquia; 1960) se toma su tiempo cuando ve una cara que le resulta familiar. Le gusta reconocer a su interlocutor para hablar con una cordialidad que no toca retirada ante ningún tema. Y ello a pesar de que la cartera de este comisario de la UE de Educación y Cultura vive de prestado de los Estados miembros, quienes mantienen las competencias en esta materia. El respeto a este principio de subsidiariedad no ha restado protagonismo a este padre de cuatro hijos, de los cuales «una estudió en Santiago de Compostela, y le encanta España». Su actividad se ha disparado especialmente durante las dos últimas semanas, cruciales para la UE en el campo de la enseñanza, ya que se ha pasado revista al proceso de Bolonia, al cumplirse la primera década y los ministros de los Veintisiete trazaron esta misma semana las prioridades en educación hasta 2020.
- ¿Cuáles son los principales retos para próxima década?
- La pregunta sobre el futuro está conectada con las capacidades de hoy. No empezamos de cero. El nivel de cooperación es bastante fuerte. Nos queremos centrar en la educación continua, la movilidad, la eficiencia y la calidad de la enseñanza, la igualdad y la dimensión social de la educación, y la creatividad e innovación.
- Y dirá que el proceso de Bolonia es parte de la solución para gran parte de los problemas que el sistema educativo europeo encarará. No obstante, algunos lo ven como el principal obstáculo.
- (Sonríe). Cuando miras el mundo hoy, los mejores talentos e investigadores están vinculados principalmente a otras partes del planeta, no en Europa. Lo que necesitamos es modernización. Bolonia es esto: hacer Europa más abierta, más amiga del conocimiento, concentrada en la movilidad y la calidad de la educación. Por eso pienso que es la respuesta. En lugar de lamentarnos de que los jóvenes talentos españoles escapan a América, deberíamos hacer algo en España, en Europa, con el fin de ser más atractivos. Cuánto y en qué medida será exitosa la aplicación, es una cuestión más compleja, para la que necesitamos ver el mosaico europeo, atender a los 46 países que forman parte del programa.
- ¿No están siendo orillados los profesores y los alumnos en esta modernización?
- Deberían formar parte. Las universidades y centros politécnicos, por ejemplo, están totalmente implicados a través de sus organizaciones, así como los estudiantes. Europa ofrece el espacio para cooperar en las reformas. La credibilidad, la velocidad y la amplitud dependen de los países o incluso de las regiones. Si existen problemas, igual necesitamos mirar más atentamente, comunicar mejor.
- En sus discursos repite que esta modernización pasa por dar a los estudiantes las habilidades apropiadas para los trabajos de mañana. Pero algunas voces dicen que estas habilidades están subordinadas a las prioridades del sector privado. ¿Está la educación en manos de las empresas?
- Europa necesita crear espacios para trabajar con todos. La mejor respuesta consiste en socios maduros sentados en la misma mesa para trabajar juntos. No debemos orillar ni al sector público ni al privado. Lo que defiendo es libertad de academia pero también responsabilidad de lo que hacemos con el dinero público.
- Las calles españolas se encuentran entre las más reticentes a Bolonia, según se desprende de las protestas estudiantiles. ¿Cuál es el problema?
- Los mensajes que he escuchado en las protestas van contra las tarifas por los títulos académicos o miedo a que el proceso pudiera deteriorar la situación social de los estudiantes. Por lo que parte de las soluciones pasan por una mejor y más intensa comunicación.
- Por lo que se ve, no comparte ninguna de las críticas que argumentan que Bolonia no es un proceso democrático, o que estamos pasando de un sistema basado en el conocimiento a otro en las habilidades. ¿Es una receta perfecta?
- No es una receta perfecta. El proceso está en manos de las partes interesadas: ministros, universidades, estudiantes y otros socios. Pero estoy contento de que hemos empezado a hablar de temas como la relevancia del conocimiento. Estoy en contra de la 'economización' de la educación en el sentido estricto de la palabra, de la lisbonización [en referencia a la Agenda de Lisboa] de Bolonia. La educación es una tarea compleja y no deberíamos subestimar la importancia de valores sociales y de ciudadanía. No educar sólo en habilidades, en un sentido técnico. Por ejemplo, los que especulan con las finanzas, saben mucho sobre números pero poco sobre humanidad o responsabilidad.
- O ética.
- (Ríe) Y ética. Necesitamos ciudadanos que estén preparados para los trabajos de mañana y la respuesta es la formación continua a lo largo de la vida.
- Otra de sus grandes apuestas es que el 20% de los alumnos disfruten de programas de movilidad para el 2020. ¿Implica incrementar los fondos para Erasmus?
- Erasmus es sólo una parte de la respuesta, porque no puede sustituir el presupuesto o la responsabilidad nacional. Para el 2020, sin presupuesto adicional, podemos lograr que el 16.5% de los alumnos estudie fuera. Queremos publicar en junio un papel verde sobre movilidad de educación, donde queremos encontrar los caminos y el significado para que la movilidad se convierta en algo más común. La tendencia es ver la movilidad como parte del currículo escolar, no como algo extra.
- ¿Pero propondrá incrementar los fondos?
- Sí, aunque es un tema para la comisión siguiente. Erasmus, del año 2000 al 2006, tenía menos de 1.000 millones de euros. Para los siguientes siete años, tiene 3.000 millones. El aumento de presupuesto es una cuestión política, de prioridades. Pero con la mentalidad actual entre los países y el Parlamento Europeo se puede lograr un incremento para el próximo periodo 2014-2020.