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RSS | ed. impresa | Regístrate | 10 febrero 2010

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El Año de la Astronomía recuerda a Galileo, el 'hereje' que abrió el camino de la ciencia moderna

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Hace 400 años Galileo Galilei apuntó por primera vez su telescopio hacia el cielo, vio cosas que nunca nadie había visto y las interpretó de tal forma que transformó para siempre la noción medieval del universo, abriendo de par en par las puertas de la ciencia moderna. La ONU ha decidido rememorar aquellos extraordinarios hechos declarando este 2009 Año Internacional de la Astronomía.
La ciudad italiana de Pisa vio nacer en 1564 a Galileo, hijo de un músico consumado cuyas obras gozaron de cierta popularidad en la época. De él seguramente heredó la creatividad y la intuición que, aplicadas al método experimental de la investigación científica, acabarían dando un vuelco literal a la concepción tradicional del mundo. Después de estudiar algunos años en un monasterio se matriculó como alumno de Medicina en la universidad de su ciudad, pero, tras cuatro años de carrera con pésimos resultados académicos, dejó la facultad para dedicarse por completo a sus verdaderas, aunque poco lucrativas aficiones: las matemáticas, la física, la literatura y la filosofía.
En julio de 1609, a la edad de 45 años, Galileo visitó Venecia pues había oído hablar de un extraño instrumento óptico que comercializaba un holandés, consistente en una especie de anteojo que permitía ver con mayor claridad, a escala aumentada, los objetos que se encontraban alejados. Adquirió uno de estos aparatos y dedicó grandes esfuerzos a comprender su funcionamiento y mejorarlo hasta hacer de él el primer telescopio de la historia, de una potencia en realidad no muy distinta a la de los que hoy se venden como juguetes para niños, y consiguió extraer del aparato un aprovechamiento científico decisivo.
Entre diciembre de 1609 y diciembre de 1610, Galileo realizó con su telescopio las primeras observaciones de los cráteres y montañas de la luna (destrozando la tesis aristotélica de la perfección del mundo celeste, que exigía la completa esfericidad de los astros), descubrió cuatro de los satélites que orbitan alrededor Júpiter (lo que entraba en contradicción con la creencia de que la Tierra era el centro de todos los movimientos celestes) y contempló las distintas fases de Venus (lo que le confirmó como válida la teoría del sistema heliocéntrico enunciada, aunque no demostrada, unas décadas antes por Copérnico).
Sus publicaciones de años posteriores, en las que se dedicó a explicar todos estos hallazgos, no le aportaron otra cosa que ataques furibundos del grueso de la comunidad académica y de las autoridades eclesiásticas, que entendían que la visión que predicaba Galileo del universo entraba en confrontación con ciertos pasajes de las Sagradas Escrituras.
El Santo Oficio no dudó en abrir un proceso contra Galileo, y una comisión de teólogos consultores de la Inquisición reafirmó la inmovilidad de la Tierra como verdad absoluta, pese a lo cual, el científico continuó profundizando y dando publicidad a sus investigaciones.
Finalmente, en 1633, fue condenado por la Inquisición a arresto perpetuo y forzado a abjurar, de rodillas y bajo amenazas de torturas, de la teoría de Copérnico. Galileo cumplió condena confinado en su casa de Florencia, minado progresivamente por la aflicción moral, la artritis y la ceguera. Murió el 8 de enero de 1642 y nació, para la historia de la cultura, un gigantesco símbolo de la lucha de la razón contra la autoridad; de la hegemonía imparable de la ciencia frente a los dogmas y la superstición.
La astrología ha acompañado a la astronomía como una sombra a lo largo de la Historia, al igual que la superstición a la razón. Galileo, hombre del Renacimiento, sólo creía lo que veía, pero también debía de ver su bolsillo y por eso también hacía horóscopos por encargo y por dinero. Aunque no se los creía, al contrario que, por ejemplo, Kepler. Pero es que, como muestra la exposición de Florencia, la astrología entonces era una actividad intelectual más, que se enseñaba en las universidades, y una moda entre monarcas y papas.
Giovanni de Medici, por ejemplo, consultó las estrellas para elegir el nombre de León X cuando fue elegido pontífice. Su padre, Lorenzo el Magnífico, llevaba un anillo con el símbolo de capricornio y su médico era su astrólogo personal, Pier Leone da Spoleto. Sin embargo, al contrario que hoy, la de astrólogo era una profesión de riesgo con un alto índice de mortalidad laboral. Si uno no acertaba le podían cortar la cabeza, aunque en el caso de Pier Leone da Spoleto murió arrojado en un pozo, acorde con la predicción que él mismo había hecho de su fin. También los árabes creían en la influencia de los astros y la Luna en el carácter, según el día de nacimiento, al igual que los cristianos. Un grabado de Durero, por ejemplo, muestra el aire melancólico de los nacidos bajo el signo de Saturno.
Es perfectamente comprensible que Galileo se dedicara a la astrología porque tenía una cultura transversal. Su padre, Vincenzo Galilei, era uno de los grandes teóricos de la música de la época, y él siguió sus enseñanzas, además de cultivar la arquitectura y el arte. Galileo es, además, una figura oculta de la literatura. Según Leopardi, es el más grande escritor en prosa de su lengua, por elegancia, construcción y solidez, opinión que comparte el comisario de la exposición, Paolo Galluzzi.
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