Uno de los actos centrales en este Año Internacional de la Astronomía es una gran exposición montada Florencia, en el Palazzo Strozzi. Exhibe 250 piezas de todas las épocas dedicadas a descifrar el cielo, desde estelas egipcias a ingenios mecánicos del Renacimiento, símbolos del zodiaco en frescos de Pompeya y obras de Botticelli, Durero o Rubens.
La muestra es la historia del esfuerzo humano por comprender el cielo y, con él, la vida a través de la ciencia y el arte, como demuestra una esfera de plata del siglo II antes de Cristo con 48 constelaciones o un fastuoso tapiz del siglo XV de la catedral de Toledo en el que un ángel hace girar el universo con una manivela. El recorrido es de ambiente nocturno, «porque la noche es el momento del astrónomo», explica el comisario Paolo Galluzzi, uno de los mayores expertos en Galileo. Cada sala tiene proyectado en el techo el cielo de cada época; el de los egipcios, los griegos, los árabes o los cristianos.
Este camino culmina en una noche en que Galileo, escrutando su precario tubo de madera, descubrió fascinado montes y valles en la luna; que en el sol había manchas; que Venus tenía fases y Júpiter, satélites. También que Saturno era raro, pues parecía estar formado por tres cuerpos. No lograba ver que en realidad tenía anillos porque la visión era borrosa, tan estrecha que ni siquiera la luna cabía entera en el visor. Otra hipótesis que en este año dedicado a la astronomía se quería verificar, mediante un examen del ADN del cuerpo de Galileo, es si padecía una enfermedad de la vista que explicaría algunos de sus errores de apreciación. De hecho, murió ciego. Pero la basílica florentina de la Santa Croce, donde se halla enterrado frente a Miguel Ángel, no ha dado el permiso.
Ese telescopio con el que se asomó tantas veces al universo un primer ojo humano, el ojo de Galileo, es el centro de la exposición, aunque es un humilde palito. Es uno de los dos telescopios del genio que se conservan. También están sus primeros dibujos de la luna. Con sus descubrimientos, Galileo daba la razón a Copérnico y se la quitaba a la Iglesia y la tradición científica y filosófica de dos mil años: era el sol el centro del universo conocido, y no la Tierra. La Tierra no era un lugar imperfecto y cambiante, frente a una bóveda celeste perfecta e inmutable.
Fue el inicio de un choque cultural decisivo que terminó en el célebre proceso en Roma en 1633, donde tuvo que abjurar de sus ideas y quedó en arresto domiciliario de por vida. Pero sus tesis ya circulaban por el mundo y, por ejemplo, en la exposición un cuadro de Rubens, procedente del Prado, representa a Saturno como lo describía Galileo, con tres lucecitas.
La gran exposición de Florencia prueba que la astronomía es una disciplina múltiple en la que se ha mezclado todo, desde las matemáticas a la música: «Alcanzó un refinamiento muy precoz, ya en el siglo IV antes de Cristo, mientras la física o la química tardaron siglos en madurar -explica Galuzzi-, y en ella confluyen los sentimientos esenciales del hombre, porque el cielo es el lugar de las expectativas de la Humanidad, para medir el tiempo, las estaciones, para la agricultura, para las religiones, para querer averiguar el destino».