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El exterminio de Gaza deja entre los palestinos el germen de una generación de combatientes llenos de ira y frustración
25.01.09 -

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Israel provoca sed de venganza
Un miliciano de Hamás camina entre las ruinas de lo que fue el cuartel general del movimiento radical en Gaza. / REUTERS
El único triunfo que Israel ha logrado en Gaza ha sido crear una nueva generación de combatientes. De terroristas en germen, que ya cuentan las horas para vengar a la familia Abú Halima que se consumió en llamas por las bombas de fósforo blanco en Beit Lahia, para desquitarse con más sangre del exterminio de los Al Samuni, que perdieron a quince de los suyos en Zeitun despedazados bajo un misil, para matar a quienes les mataron.
No queda nada en Gaza. Nada. Y no son los escombros de las más 4.000 viviendas reventadas y de un universo ya de por sí miserable devuelto en 23 días a la Edad de Piedra: son los escombros humanos de una población de un millón y medio de civiles devastados. Todavía sonámbulos bajo los efectos del shock de tres semanas de ataques obsesivos, pero que poco a poco empiezan a despertar en medio de un sentimiento colectivo de ira y de frustración, que hace teñir de luto cualquier esperanza sobre el futuro de esta tierra. Gaza suena, más que nunca, a oración de muerto.
Para comprender por qué la ofensiva perpetrada por Israel contra la Franja ha aniquilado para siempre a esta gente hay que ir al campo de refugiados de Jabalya y oír el llanto insufrible de los viejos desgarrados de pena, clavando las uñas en los despojos de sus casas. Mirar los ojos vacíos de las madres que han tenido diez días a sus pequeños muertos consigo, porque siquiera podían salir a enterrarlos. Percibir los aullidos de los civiles amputados a bocajarro entrando al quirófano del hospital de Shifa. Pasar hambre.
Quienes pudieron reunir tanta dosis de suerte, o de protección divina, como para escapar con vida de los ataques, están empezando a pagarlo ya con una especie de locura. Una irrefrenable ofuscación, inspirada sin duda por su deseo de revancha, «contra Israel, contra los árabes, contra los europeos los americanos, -clamaba ayer en Gaza capital el empresario Mohammed Feris-, por haber permitido que nos hicieran esto».
El sábado 27 de diciembre, a la hora de la salida de los colegios, Israel emprendía con una descomunal tromba de fuego una guerra contra Gaza diseñada para intentar domar a los islamistas y devolver a su Ejército el honor perdido en la contienda de Líbano de 2006. O, quizás, para abrillantar las posibilidades electorales del director supremo de la operación, el ministro de Defensa, Ehud Barak. Debió ser por esos motivos, porque si no, lo que los palestinos todavía se preguntan, -sostiene Hythem Alhorany, estudiante de Jabalya- «es a qué vino Israel aquí si no fue a masacrar civiles»: sus soldados no han acabado ni en sueños con el disparo de cohetes Qassam, que seguirá mientras dure la ocupación; los túneles de contrabando con Egipto ya funcionan otra vez y el soldado Gilad Shalit sigue capturado en manos de Hamás.
Ajuste de cuentas
La magnitud de la pérdida material valorada en más de 2.800 millones de euros se antoja posible, y hasta pequeña, comparada con el desastre moral de una población que ya ha empezado a perseguirse entre sí. La caza de brujas está en marcha, los hombres de Hamás buscan a los de Fatah por colaboracionistas y espías: Abú Mahmud, de 45 años, y miembro de este último partido, juraba ayer que se vengará de los islamistas que le propinaron el tiro en la rodilla que le tiene convaleciente.
Escondido en un coche para no ser oído, Jail escupe odio contra Hamás por meterles en esta guerra. En la cama, Ramadán fantasea con matar judíos desde la resistencia. Fatma con que su hijo se explote en un control israelí. Mohammed con la lucha, que ha comprendido que es la única salvación. Requiem por lo que queda de Gaza.
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