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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Sociedad

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La Rioja es cuna de muchos escritores desconocidos pero de grandes méritos literarios, algunos de ellos han ganado el Premio Nadal o son célebres en otras provincias

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Dijo una vez un crítico literario que para ser un clásico riojano se deben cumplir al menos tres premisas: tener dedicados a su nombre una calle, un colegio público y un concurso literario. Este canon se rompe fácilmente al descubrir que hay alguno a cuyo honor se construyen centros comerciales (Berceo), existen equipos de fútbol (Villegas) y hasta se nombra un modelo de butaca de cine (Buscarini), pero da buena medida de a qué escritores tenemos en mente a la hora de hacer repaso a nuestra breve historia literaria.
Entre la nómina de escritores que ha dado La Rioja hay muchos que han pasado al olvido injustamente, con muchos logros literarios que han pasado desapercibidos. Entre todos destaca una sucesión de escritores jarreros encabezados por Luis García Lecha. Nacido en 1919 en Haro, la Guerra Civil le llevó a la Legión y, al finalizar la misma, fue destinado a Barcelona, donde trabajó como funcionario de la Cárcel Modelo. Allí, rodeado de presos políticos, conoció a un familiar de 'Silver Kane' (Francisco González Ledesma) que le prestó sus libros para leerlos. Pronto se vio contagiado por la literatura de evasión y comenzó a escribir sus propias novelas. Entre los años 60 y 70 García Lecha realizó una importante trayectoria literaria bajo pseudónimos tan célebres como 'Clark Carrados', 'Glenn Parrish' y 'Casey Mendoza'; publicó más de dos mil títulos de género de ciencia-ficción, bélico y western. Precursor de las space-ópera en nuestro país, su producción literaria sólo es comparable a Corín Tellado y Lafuente Estefanía.
También nacido en Haro, pero en 1922, es el único riojano que hasta el momento ha obtenido el Premio Nadal. Fue por la novela La muerte le sienta bien a Villalobos y su autor es Francisco José Alcántara. Su padre era fiscal y a los dos años del autor la familia se trasladó a Bilbao y, de forma definitiva, después a La Coruña. Alcántara viajó tanto como vivió, primero fue misionero jesuita en Caracas y Bogotá y, al abandonar la Curia de Loyola, estudió en Zaragoza y Barcelona, donde compaginó sus estudios de Humanidades Greco-Latinas con su labor como corresponsal de prensa. Ya afincado en Galicia es en 1954 cuando obtiene el Nadal.
A pesar de la popularidad que le brindó el premio, Francisco José Alcántara dedicó su vida a la enseñanza, fue profesor del Colegio de los Hermanos Maristas de La Coruña, donde dio clase a alumnos como el actual presidente del Deportivo de La Coruña, Augusto César Lendoiro. Dos novelas suyas vieron la luz en Alemania, la inédita en España Sie kommen, don Antonio (1961) y la traducción de La muerte le sienta bien a Villalobos (Wenn alles schief geht, 1964), mientras que su producción escrita en castellano se limitó luego al teatro. En 1957 se estrenó el drama La herida en la mano (Premio Hércules de Plata) en el Teatro Rosalía de Castro. Tras vivir en Roma y contraer matrimonio con una mujer italiana, regresó a La Coruña y falleció en 1999.
Por el contrario, un escritor que todo el mundo conoce en Rioja Alta pero del que nadie habla es 'Carjosán', nacido en Haro en 1936. Toda su vida la dedicó también a la enseñanza, como maestro en Cihuri y en el colegio Nuestra Sra. de la Vega, aunque también fue teniente de alcalde de Anguciana. Corresponsal de los periódicos Nueva Rioja y del extinto La Gaceta del Norte, publicó los libros El vino, Los probos empleados (1959), Pensamientos filosófico-literarios (1961) y Yo patullo con mi chusquel Yakky (1978) y obtuvo galardones como el Concurso de Piropos a la Virgen de la Vega y el Certamen Nacional Pro Exaltación de los Valores Riojanos 1972. Inéditas quedan otras obras como El diablo es un hombre bueno y 350 millones de hijos al suelo, siempre títulos singulares para obras originales. Entre ellas destaca Yo patullo con mi chusquel Yakky, con ilustraciones del Galardón a las Bellas Artes en La Rioja 2008, José Manuel Rodríguez Arnáez, un diálogo poético con su difunto pastor alemán Yakky y cuya dedicatoria dice: «Verás la que se va a armar, Yakky, el día que aprendas a leer y te sepas coprotagonista de este libro».
Otro nombre para esta particular historia literatura es el de Julio Herrero Ulecia, nacido en 1927 en Arnedo pero trasladado junto a su familia a Soria en su juventud. Contratista de Obras Públicas de profesión, vivió la Revolución de los Claveles en Portugal. Fue en la tertulia del Restaurante Garrido a la que pertenecía donde comenzó a escribir sus primeros poemas. Siempre firmados bajo pseudónimos como 'Don Ripio' o 'Lucio Arévaco', sus versos eran publicados en prensa a modo de columnas de opinión líricas. Y tan satíricos eran sus poemas que en una ocasión, oponiéndose a la inminente tala de árboles en la Plaza de San Esteban para construir un parking subterráneo, fue juzgado por «injurias». Los árboles, pese a todo, continuaron en pie. Julio Herrero Ulecia falleció en 2006.
En el camino inverso Soria-Logroño cabe destacar a Anselmo Ruiz, recordado por muchos y muchas razones, pero ninguna literaria. En los 80 dirigió el relevante proyecto editorial Roldana, que sólo dio a luz dos libros: la primera edición española de Las sacas de Patricio P. Escobal y su propio e indescifrable poemario ilustrado por Demetrio Navaridas, Caballos de hojalata. Se define a sí mismo como adalid de la «antipoesía» y «licenciado por la Universidad de la Vida», con un objetivo primordial: «ganar el Premio Nobel de Matemáticas». La última noticia que se tiene de él es que publicó en 2006 el libro de poesía Exit. Antipoesía, poesía, magmática y poemas tabernarios.
Celebérrimo en Burgos, donde tiene dedicada una calle a su nombre, y todavía no lo suficientemente conocido en La Rioja es Rafael Núñez Rosáenz, que nació en 1906 en Inestrillas. Con doce años se trasladó a vivir a Pradoluengo (Burgos), donde su madre ejerció como maestra y cuyo relevo tomó el propio Rafael. Una mala experiencia en plena Guerra Civil hacen que al término de ésta se traslade a la capital, donde regentó la Tintorería Castilla. Allí fomenta su capacidad creativa, tanto colaborando en prensa, como escribiendo sus primeros libros de poesía y componiendo canciones para el Orfeón Burgalés, del que fue subdirector. Su tercer libro Castilla en la memoria fue Premio Fernán González, aunque también ganó el Premio de Poesía Jorge Guillén en 1986. En 2006 se recopiló toda su obra poética en el libro A vos os digo, prologado por el poeta Victoriano Crémer (compañero de aquellas tertulias en la tintorería) y dentro de unos actos de celebración del centenario del autor codirigidos por José Ángel Lalinde.
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