La resignación y la esperanza se sientan cada día en la sala de espera de la oficina del INEM en Logroño. Son dos emociones que conocen bien los cientos de parados que a diario transitan por sus dependencias, un colectivo que se ha multiplicado en los últimos meses por efecto de la crisis económica.
Elena Reyes, colombiana, coge número para solicitar la ayuda familiar. Encadena once meses en desempleo, sólo rotos por sustituciones esporádicas de no más de una semana. «Mi hijo también ha perdido su trabajo, después de que no le renovaran su último contrato temporal y necesito la prestación para continuar tirando», señala esta auxiliar de geriatría que estuvo empleada en una residencia de ancianos de Tudela. Mientras espera que «la cosa mejore», Elena baraja la posibilidad de hallar un puesto en otro sector. Por esto, ha realizado un curso de pescadería para abrirse puertas.
La idea de 'reciclarse' también le rondó a María Jesús, una logroñesa a la que hace medio año la empresa de confección en la que trabajaba en Oyón le comunicó su despido «porque habían disminuido los pedidos». Decidió iniciarse en el mundo de la informática, aunque, reconoce que, a sus 53 años, lo hace por «pasar el rato», ya que a su experiencia y ganas de aprender se impone un enemigo casi imbatible: la edad. «No albergo demasiadas esperanzas de encontrar algo; ya que los empresarios, en cuanto ven mi edad, retiran mi currículum», lamenta. Así, María Jesús hace acopio de tesón para «una larga temporada», dado que, a su juicio, la destrucción del empleo «no ha hecho sino empezar».
Primera vez
Más optimista se muestra el paquistaní Mohammad Shabbir, pese a que desde hace seis meses encara una situación desconocida para él: el desempleo. Desde que arribó a España hace cinco años, el auge de la construcción nunca había mantenido inactivo a este albañil. «Ahora todas las obras están paradas, por lo que estoy intentando buscar trabajo en las fábricas», indica. Y confía en lograrlo. «Creo que cuando pasen las Navidades podré encontrar algo», intuye.
También el portugués Manuel Antonio Rodrigues centra todas sus ilusiones en las fechas posteriores a Reyes tras siete semanas desocupado. Y es que este electricista con residencia en Logroño está pendiente de la adjudicación de una obra en los astilleros de Bilbao. «Trabajo de forma interina para una empresa de instalaciones vizcaína. Sé que cuando tengan trabajo, me llamarán; pero mientras falte porque no se construye, tendré que esperar», reconoce. Manuel se ha planteado abordar otros oficios como la soldadura, pero duda si tendrá fortuna. «Te piden acreditaciones para todo, y yo carezco de títulos. Mi único aval es el trabajo que durante años he hecho con mis manos. Aunque eso no siempre cuenta».